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24 septiembre, 2018

ADICCIÓN AL CIBERPORNO

ADICCIÓN AL CIBERPORNO

La actriz de la industria de la pornografía, Tori Black, dos veces ganadora de la Artista Femenina del Año en los Premios AVN, los principales galardones de esta industria, declaró:“Escogimos esta industria porque el sexo es algo que nos conmueve y nos apasiona, de la misma manera que un músico está atraído por la música” y, posteriormente, en la misma entrevista, afirmó:”Necesitamos luchar conjuntamente contra el estigma porque todas hemos estado bajo ataque“, (Revista Digital Semana, 2018).

Quizá lo más triste de estas declaraciones es que fueron hechas a raíz de la muerte de una famosa actriz pornográfica, Shyla Styles, seguida posteriormente de varias muertes similares, todas ellas de chicas muy jóvenes. El titular de la noticia, de hecho, era: “Las muertes consecutivas de 5 actrices porno que encendieron las alarmas sobre las duras condiciones de industria”.

LA INDUSTRIA DE LA PORNOGRAFÍA

La industria de la pornografía gestiona miles de millones de euros. Se trata de un negocio que proporciona enormes beneficios en todo el planeta. Es difícil conocer con exactitud los datos de esta industria. Según datos de la revista FORBES, la pornografía mueve cada año 60.000 millones de euros en el mundo y unos 250 millones de personas en el mundo son consumidores de pornografía. Ambos datos son difíciles de confirmar y muy especialmente el número de consumidores, dado que, desde la aparición del vídeo en streaming es prácticamente imposible conseguir datos fiables de audiencias. Otras fuentes hablaban, ya en el año 2012, de 97.600 millones de dólares (Internet pornography statistics, 2012).

El esquema de la “industria” es simple: generar unos productos audiovisuales baratos y venderlos a bajo precio pero a millones de usuarios. El modelo de “negocio” se apoya en una característica adicional muy importante: el producto puesto en el mercado potencialmente genera fuerte adicción, lo que garantiza que el flujo de demanda por cliente sea cada vez mayor, así como un incremento constante del volumen de consumidores. Como con cualquier otra adicción, cuando se dan las condiciones sociales necesarias, tanto la “incidencia” o “prevalencia” como la “tolerancia”, aumentan:  es decir, cada vez aparecen más usuarios (incidencia) que demandan “dosis” o “emociones” cada vez más fuertes (tolerancia). El mecanismo de la tolerancia es empleado por esta industria para captar clientes de pago. En realidad, es algo similar a lo que ocurre con las sustancias tóxicas ilegales: al principio muchos consumidores se inician mediante “pruebas” gratuitas, hasta que adquieren un hábito tan fuerte que están dispuestos a pagar grandes cantidades de dinero por la sustancia. También sucede así con otras adicciones sin sustancia, como las apuestas: el inicio suele ser gratuito o muy barato. Esto explica que en Internet exista una enorme cantidad de pornografía gratuita, como “cebo”, por así decir. Con la aparición del ciberporno en streming, la práctica totalidad de su consumo se ha derivado a este medio provocando un fenómeno de enormes consecuencias: el acceso al material pornográfico es (1) ubicuo (2) disponible en todo instante (3) facilita la privacidad y el incógnito (4) acceso gratuito mediante wifi, al menos inicialmente. Estas variables potencian un efecto psicosocial ya de por sí presente: la no-percepción de riesgo (que sería la 5ª variable en juego). La conducta de consumo de pornografía  provoca, a su vez, la activación de los sistemas dopaminérgicos, especialmente en el varón, donde el uso de pornografía suele asociarse a la masturbación. Estas 5 variables constituyen la “tormenta perfecta” para generar conducta adictiva.

En el año 2017 Pornhub, uno de los sites más importantes del mundo en pornografía, reveló, por primera vez, sus métricas del año anterior.  La gente pasó casi 4.6 mil millones de horas en Pornhub en el año 1016, lo que se traduce en 23 mil millones de visitantes que vieron un total de 91.9 mil millones de videos. Además, El 61% de las visitas se realizaron a través del teléfono inteligente o Smartphone. Los datos de Pornhub son abrumadores, pero existen otros muchos sites pornográficos en Internt. Las cifras son mucho mayores, basta con aplicar simples cálculos aritméticos aproximados.

Seamos honestos: todo el mundo sabe que el consumo de pornografía por Internet es muy elevado. En realidad, no es necesario avalarlo con datos estadísticos, aunque puede hacerse. Una reciente tesis doctoral de la Universidad Complutense (Serrano, 2017) indica que prácticamente todos los jóvenes consumen pornografía, muy especialmente los varones y que la percepción de riesgo, especialmente entre los más jóvenes (adolescentes) en absolutamente nula.

UN PROBLEMA DE SALUD PÚBLICA

Se ha demostrado que el 93% de los niños y el 62% de las niñas han visto pornografía por Internet durante la adolescencia y que el grado de exposición a la actividad sexual parafílica y desviada antes de los 18 años es de “especial preocupación” (Sabina y cols., 2008).También se ha demostrado que entre los varones universitarios, casi el 49% se “encontró” por primera vez con la pornografía antes de los 13 años (Sun, 2016). Una encuesta representativa a nivel nacional en USA encontró que el 64% de los jóvenes, de entre 13 y 24 años, busca activamente pornografía semanalmente o con mayor frecuencia (Barna Gropu, 2016).

El uso privado a gran escala de pornografía dura por parte de millones de personas tiene ramificaciones públicas. Las actitudes, creencias y comportamientos moldeados por el uso de la pornografía tienen un profundo impacto, no solo en las relaciones privadas de los consumidores, sino también en sus relaciones profesionales y sociales. El uso de la pornografía, en diversos grados, influye muchísimo sobre el modo en el cual las personas ven, interactúan y construyen el mundo. Crean frames sociales, marcos de referencia: ventanas a través de las cuales interpretamos el mundo.

La bibliografía científica, así como los informes y encuestas de instituciones sanitarias, presentan evidencia sólida que apoya la idea de que la pornografía constituye una crisis de salud pública. Es cierto que, de manera independiente, estos estudios no prueban, por el momento, que la pornografía cause daños psicosociales permanentes graves, pero, tomada en su totalidad, la evidencia convergente abrumadora sugiere que la pornografía está correlacionada con una amplia gama de daños que afectan negativamente la salud pública. Estos incluyen una mayor incidencia de ETS, aumento de la agresión sexual verbal y física, aceptación de los mitos de la violencia sexual, comportamientos sexuales de riesgo entre los adolescentes, control de los impulsos reducido y toma de decisiones imprudente, aumento de la disfunción sexual, etc. (Pornography and Public Health, 2018).

Y, por otro lado, estos estudios nunca tienen en consideración una de las facetas más graves de la industria pornográfica: el daño irreparable que provoca en las jóvenes actrices. Seguramente los estereotipos sociales dominantes en determinados sectores del ámbito de la gestión y la  investigación impiden que se apliquen recursos, económicos y humanos, al desarrollo de este objeto de investigación.

EL ESLABÓN MÁS DÉBIL: LAS ACTRICES PORNOGRÁFICAS

La sociedad contemporánea, debido a un conjunto muy complejo de variables psicosociales y económicas, no parece percibir el problema: la percepción de riesgo es casi nula. Por otro lado, esto es algo relativamente frecuente en las etapas iniciales de cualquier adicción, con o sin sustancias tóxicas: así ocurrió con el tabaco o con el alcohol inicialmente, o con el gambling, recientemente incluido en el DSM-5. La sociedad, por lo tanto, actualmente, se encuentra indefensa frente a este grave problema, lo que está provocando la aparición de una epidemia silente de consecuencias muy negativas a largo plazo, como hemos señalado. Pero esta crisis de salud pública tiene todavía otras víctimas. Quizá las más indefensas y más necesitadas de ayuda por parte de la sociedad.

En esta industria, al margen de las “organizaciones” que la promueven, hay dos grandes protagonistas: los actores y actrices de los “productos” audiovisuales y los consumidores “compulsivos”, adictos o, lo que es casi peor, “normalizados”, a los que nos hemos referido anteriormente. Ambos, actores/actrices y consumidores, padecen consecuencias graves. En el caso de las actrices, consecuencias  devastadoras para sus vidas, casi con seguridad. Si alguien pone en duda esta afirmación, y quiere ser honesto consigo mismo, que se haga la siguiente reflexión: “¿Cómo me sentiría si mi hija  fuera una actriz pornográfica?”. Naturalmente, lo anterior vale también para el actor, para mi hipotético hijo. Aunque, de forma abrumadora, se comprueba que la industria de la pornografía, humilla mucho más a la mujer que al hombre en las imágenes que produce.

Los actores, pero muy especialmente las actrices, sufren un terrible maltrato al ser “cosificadas” al realizar un trabajo donde se comercializa con su vida sexual. La diferencia de género aquí es muy importante: la industria del porno profesional, es decir, las producciones más costosas y más rentables, centran siempre las escenas en los placeres del hombre, llenando los vídeos de brutalidad y violencia hacia las mujeres. Además, todo ello queda grabado en el ciberespacio para siempre, dejando un estigma en sus vidas para siempre, tanto psíquico como documental, por así decir. En este negocio, además, la tasa de reposición de actrices es muy elevada, lo que genera que cientos, miles de mujeres diferentes estén participando en esta industria anualmente. Mujeres, generalmente muy jóvenes, humilladas y maltratadas con muchas posibilidades de arruinar sus vidas para siempre. Una de las protagonistas del reportaje Date My Porn Star (2016), ex-actriz pornográfica, afirmaba: “Estar grabada en Internet como actriz pornográfica es como tener un virus mortal crónico: nadie se te quiere acercar”. Estas mujeres acceden a este mundo, con gran frecuencia, debido a problemas sociales o personales. Es muy infrecuente que una mujer joven, con una estructura de personalidad estable y con patrones sociales y familiares de apoyo adecuados, se incorpore a este mundo donde se comercializa con su cuerpo y su vida sexual de una forma tan violenta y su “yo” es brutalmente cosificado. Por lo tanto, las autoridades sanitarias (o las que correspondan, en su caso) deberían ser conscientes de la existencia de estos grupos vulnerables que necesitan una atención muy especial. No sólo esto, debería preocuparse por establecer programas de intervención en prevención primaria. No se trata de estigmatizar a las actrices, como refería Tori Black en la entrevista citada al inicio. Al contrario, se trata de proporcionar todo el apoyo social que necesita cualquier grupo que, por unas u otras razones, se encuentra en situación de vulnerabilidad.

Además, uno de los mayores riesgos que están emergiendo en este campo es el siguiente: algunas jóvenes, debido a la distorsión perceptual global que mencionábamos anteriormente, se acercan a este mundo con la sensación de que “es normal”. Recordemos la entrevista de Tori Black citada al inicio, donde afirma: “Escogimos esta industria porque el sexo es algo que nos conmueve y nos apasiona, de la misma manera que un músico está atraído por la música“. No es necesario un artículo de investigación publicado en revistas de impacto para demostrar que no, que ese sexo no “conmueve y apasiona”, que el sexo que se practica con uno o varios extraños en una escena de pornografía, habitualmente violento y degradante para la mujer, y realizado en público, delante de un equipo de rodaje de desconocidos con cámaras y focos entremetiéndose por todas partes, no es verdadero sexo. Sin embargo, el frame social, el marco de referencia, en el que se han criado muchas jóvenes contemporáneas, les ha hecho creer esto. Que se trata de una actividad “normal”, algo que te puede atraer “de la misma manera que un músico está atraído por la música“. Es muy posible que esto esté ocurriendo y que no se esté valorando el peligro extremo que esto supone. Se dirá que no hay datos, por el momento. Pero las evidencias convergentes apuntan claramente a ello. En esto, como en otras epidemias, no parece prudente esperar a que los datos confirmen que la “epidemia” se ha extendido provocando daños irreversibles. Como ha ocurrido, por cierto, con el tabaco y el alcohol.

Es necesario sensibilizar a la sociedad de este grave problema. A todos los actores sociales involucrados, pero muy especialmente a las autoridades tanto sanitarias como políticas. Sin olvidar, claro está, la enorme importancia de sensibilizar a los medios de comunicación, siempre tan relevantes a la hora de dinamizar a la sociedad.

 

BIBLIOGRAFIA

 

AUTOR

Ubaldo Cuesta

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.

Director de la Cátedra de Comunicación y Salud de la UCM.

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