Adicciones, menores y pornografía

15/11/2021     

Autora: Ana Isabel Saz Marín

Ana Isabel Saz Martín es psicóloga sanitaria, itinerario curricular en psicología clínica de la salud y en psicología educativa. Con 22 años de ejercicio profesional y humano tanto en el ámbito público como privado. Desde el año 1998 su labor profesional ha pasado por diversos ámbitos de intervención, adultos y familia, experta en intervención en ansiedad, afectividad, maltrato, violencia y abuso sexual, coordinación y gestión de programas de apoyo individualizado y grupal para familias y menores en riesgo, mediación e intervención familiar y de pareja, y formación de profesionales. Desde el año 2000 una parte importante de su labor profesional ha estado dedicada a la formación y a la divulgación de la psicología con diversas universidades instituciones, organismos y colectivos tanto nacionales como internacionales. Además de la intervención y la formación, es autora también de diversos materiales en el ámbito de la psicología. También, como psicóloga y asesora, ha formado parte de proyectos televisivos divulgando el papel de la psicología.

Desde la visión que me permite mi labor profesional, en permanente contacto con el estudio y acompañamiento al comportamiento humano, a sus sentires, pensares, crecimientos y heridas, y desde la conciencia social que acompaña mi identidad, pretende este escrito una mirada, siempre incompleta, de un problema creciente, individual y colectivo, con el objetivo de analizar y reflexionar sobre ello e intentar desde este altavoz, sumar a una prevención necesaria, que sólo será contundente y certera si hablamos de la realidad sin ambages.

Sustancias, conductas, relaciones. Usos, abusos, dependencias, adicciones. Nuestra condición nos expone a la experimentación y, por ende, en algunos casos al abuso y en el peor de ellos a la adicción. Alcohol y otras drogas, medicamentos, sexo, compras, trabajo, redes, pornografía, comida, ejercicio, juego, pantallas, cirugía… Generamos dependencias.

Despierto, me conecto, reviso redes, correos, mensajes, paradas que faltan para la entrega del paquete. Alguien ha publicado algo, ha cambiado su estado, ha subido una foto, está haciendo un directo. Salgo rápido, estreno vestido, se me ha ido el tiempo. Sigo revisando en el trayecto, likes, comentarios, nuevas publicaciones, alertas. En clase o en el trabajo, en las pausas, en la vuelta a casa, con la excusa de estar informado o porque es necesario por mi actividad o por ocio, con la connivencia que da el grupo, saberse incluido, al fin y al cabo, hacemos lo mismo. Y un último vistazo antes de cenar y antes de dormir, alguna compra, unos capítulos de la serie sugerida, algo más subido de intensidad de porno, no quiero haberme dejado nada importante sin ver. Las redes, el juego y probablemente otras conductas comparten mecanismos, lo sabemos. La recompensa en este caso es el like, la cantidad de gente que ha mirado tu publicación, la calma momentánea que supone estar actualizado. Traducimos esto en valoración, aceptación, pertenencia. A partir de esta efímera traducción, quiero, necesito, busco la mayor cantidad de estímulos en el menor tiempo posible. No es un problema. Estoy en el mundo, asomado a través de la pantalla, conectado con todo. Desde aquí todo es posible. Aquí sentado, sentada, compro, consumo, trabajo, juego, comunico, recibo, me permito decir, ser, hacer…

Perseguimos recompensas y en este mundo hiperconectado estas se nos ofrecen cada vez con menos esperas. El contexto, sin duda, facilita la dependencia, dificultando reconocer muchas veces la ansiedad, la afectación, el deterioro y las pérdidas efímeras o esenciales. Nos descompensamos, perdemos el equilibrio, perdemos el control, la libertad. Sabemos que las sustancias alteran la química cerebral, y no solo ellas, los comportamientos adictivos también generan cambios. Es por ello, que los acompañamientos en adicciones se centran también en entender, por ejemplo, que no es el alcohol o el juego en sí lo que explica que la persona esté en depresión o lo pierda todo, sino en mayor medida la evitación de su realidad. No es la droga, la comida, internet, el porno, el deporte, las redes o la cirugía, es, en algunas partes del camino, lo que sustituye el alcohol, el juego, el ejercicio. ¿Qué evito, calmo, silencio, postergo?, ¿qué duele, qué creo que no puedo, qué?

La dependencia ocupa aquello que me falta, lo que no soy, lo que no tengo, lo que no puedo. De manera simplificada llenamos vacíos y la dinámica de la adicción hace el resto, circuito de recompensa, mensajeros químicos, etc. Es, en cierto modo, paradójico, pues son los retos, las metas, las cimas, los proyectos, los deseos, los que nos ponen en marcha, los que alimentan el motor diario, vital. En las dependencias, sin embargo, la búsqueda deja de ser el motor de empuje, no hay deleite en el camino, y lo que busco obsesivamente sólo me calma temporalmente.

En este complejo prisma, los inicios de una dependencia no son los mismos, la individualidad ha de ser evaluada, atendida, No dejamos de tener en cuenta tampoco que la dependencia va sumando nuevos daños, haciendo de la adicción un circuito complejo de afrontamiento en todos los terrenos, orgánico y emocional, social y personal, esa sensación de abismo irrecuperable que reporta quien se ve afectado por ello y que cierra un terrible círculo. En los momentos de claridad, cuando soy consciente de parte del abismo, la valoración de lo que soy me es tan dolorosa que no me siento capaz de desandar el oscuro sendero. Así las cosas, vuelvo a una cueva que me ahoga pero que calma mi miedo y mi dolor.

Tampoco soslayamos las consecuencias físicas graves de algunas adicciones frente a otras, y que sin duda agravan los procesos. Ni pretendemos hacer de las acciones cotidianas definiciones de adicción. No es disfrutar de una actividad lo que la convierte en adictiva, es implicarse en ella de manera tan excesiva e irreflexiva que deteriora mi identidad y con ello mi vida.

Una mirada particular a la pornografía nos señala que se trata de uno de los consumos que no sólo es alarmante por el crecimiento que ha supuesto en los últimos tiempos, también lo es por lo claramente relacionado que está con la hiperconectividad actual que facilita que cada vez más menores se vean atrapados en esta realidad.

Se trata, una vez más, de una temática compleja, y por tanto de múltiples aristas. No solo las propias de la adicción que sufren el individuo y su entorno más cercano, también aristas que nos interpelan como sociedad, a saber, la trastienda de la pornografía, los delitos que oculta, su relación con la prostitución o con la trata de personas, la sobreestimulación y sexualización de la infancia, el acceso sin control para menores, la exaltación de los deseos personales frente a los derechos humanos, la perpetuación de un ideario en el que los hombres, a quienes mayormente sigue estando dirigida la pornografía, pueden hacer lo que deseen y las mujeres han de soportar, la erotización de la violencia y de la vulnerabilidad, la normalización e incluso la aceptación de su consumo, etc.

Como señalábamos, no podemos negar el aumento del consumo de pornografía por parte de menores y adolescentes desde hace ya varios años, décadas quizá. Tampoco que las edades de inicio de visionado son cada vez más tempranas, asociadas, entre otras variables, a la tenencia de dispositivos inteligentes. cada vez, también, más tempranamente. No negaremos tampoco la posible relación y por tanto influencia que pudiera tener el visionado de pornografía en el desarrollo de la vivencia sexual y afectiva. La pornografía (presentación abierta y cruda del sexo) es accesible, asequible, anónima y aceptada. La edad media de inicio de consumo de pornografía está situada en los 11 años, señalando algunos estudios recientes incluso edades más precoces, 8 y 9 años, destacando además que con el paso del tiempo los menores y en general sus consumidores acceden a un contenido cada vez más duro, crudo y violento con escenas que exponen por ejemplo prácticas de riesgo, torturas y simulación de violaciones o relaciones incestuosas, alejándose de cuestiones vertebrales en las relaciones interpersonales, respeto, consentimiento, consenso y empatía, por señalar sólo algunas. Parece también que un mayor consumo y la habituación que esto supone, están inversamente relacionadas con el nivel de empatía mostrado, en este caso hacia el objeto de placer.

Construimos nuestra realidad desde las realidades que vivimos, nuestras experiencias y los referentes que nos acompañan, familia, amigos, contextos, conforman parte importante de los códigos que nos damos para estar en el mundo. Actualmente muchos de los códigos de los menores salen de sus pantallas, de las 5 horas de media al día que están conectados. Construyen realidades que les son válidas, lo hacemos todos. Si en esos códigos encontramos el consumo frecuente de pornografía desde edades tempranas, pueden aceptarse sin crítica ni reflexión, escasa en estas edades, carpetas de desigualdad, sometimiento, roles y estereotipos de género y alimentar también una cada vez mayor tolerancia a la violencia, ejercida y recibida.

La pornografía no es ficción e insiste en mostrar esquemas ponzoñosos, actualizando pensamientos que llevamos muchos años intentando desterrar. El porno crea también expectativas irreales, presión por el rendimiento, frustraciones, ansiedad, heridas en la autoestima, quizá dificultades sexuales e incluso falta de satisfacción sexual en una relación real, cuando no un concepto reduccionista y atrasado de la sexualidad. La pornografía atenta también contra el uso del preservativo y expone a otras prácticas de riesgo. Es evidente su toxicidad y en consecuencia no es viable un consumo responsable del mismo en edades en las que se está forjando la identidad.

El contenido que genera esta industria y sus beneficios son monstruosos, en ambos sentidos. Existen cerca de 750 millones de webs de contenido pornográfico, cientos de miles de acceso libre y gratuito, y se descargan alrededor de 230 millones de apps porno cada año. El porno genera anualmente unos 97 mil millones de beneficio. En los últimos meses, una de estas plataformas envuelta en varias denuncias por contenido ilegal (explotación sexual, maltratos y violaciones, entre otros), ha eliminado 10 de los 13 millones de videos que contenía. Poco que añadir, mucho que hacer.

Urge pues un compromiso sin cuartel, una clara regulación y persecución de los delitos que contiene la producción de la pornografía, exigible también una contundente intención política en ello y en arraigar programas formativos continuos desde edades tempranas que faciliten y acompañen a las familias a hablar de lo importante, que no es más que el sano desarrollo de la identidad y de los vínculos.

No es naif lo planteado, somos conscientes de los gigantes, internet y el porno lo son, pero también lo es una conciencia individual y social en movimiento, que tantos otros cambios y avances ha abanderado históricamente. Y en un plano más próximo cabe plantearse la necesidad de acompañar a los menores en el desarrollo del pensamiento crítico y de la reflexión, desde casa, desde el ágora, desde los medios, las aulas. Las redes, las pantallas les, nos roban la atención, hemos de poder pararnos y preguntarnos ¿qué estoy viendo? ¿Por qué y para qué estoy viendo esto?

Ahondar en las consecuencias que las conductas, lo que somos, están teniendo en mi intimidad y en mi vida pública, en mi desarrollo. Y si nuestros datos, nuestro tiempo y nuestra atención es hoy algo tan valioso que dejamos secuestrar y es harto complicado sacar a los menores de la red, aprovechemos el medio en el que se mueven para crear códigos que les ayuden a ganar en conciencia, contenidos que faciliten lo colectivo y no el individualismo, fomentar cooperación y no sólo competencia, la igualdad y no el sometimiento, la reflexión y no el adoctrinamiento, en definitiva, despertar y decidir no ser dependientes. Ganar en control y que nuestra voluntad nos pertenezca.

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