Presente y futuro de las adicciones a las redes sociales, a Internet y al juego online

10/02/2021     

Por Enrique Echeburúa, Catedrático de Psicología Clínica en la Universidad del País Vasco.

“Queda prohibido no buscar tu felicidad,
no vivir tu vida con una actitud positiva,
no pensar en que podemos ser mejores,
no sentir que sin ti este mundo no sería igual”

Queda prohibido (Pablo Neruda, 1904-1973)

El ser humano necesita alcanzar un nivel de satisfacción global en la vida, que, habitualmente, se obtiene repartido en diversas actividades: la familia, el trabajo, la pareja, las aficiones o el deporte. Sin embargo, si una persona es incapaz de diversificar sus intereses o se siente especialmente frustrada en una o varias de estas facetas, puede entonces centrar excesivamente su atención en el mundo online, que puede proporcionarle diversas vías de satisfacción: la ocupación del tiempo libre, la interacción social con los internautas, la excitación habida, etcétera.

            El atractivo de Internet para los jóvenes es que se caracteriza por la respuesta rápida, las recompensas inmediatas, la interactividad y las múltiples ventanas con diferentes actividades (multitarea). En concreto, las motivaciones de las personas para tener cuenta en las redes sociales como Twitter, Facebook o Instagram, que permiten localizar a personas, chatear, mandar mensajes tanto privados como públicos, crear eventos y colgar fotos y vídeos, son múltiples: ser visibles ante los demás, reafirmar la identidad ante el grupo o estar conectados a los amigos. El uso es positivo, siempre que no se dejen de lado el resto de las actividades propias de una vida normal (estudiar, hacer deporte, ir al cine, salir con los amigos o relacionarse con la familia). Otra cosa bien distinta es cuando el abuso de Internet provoca aislamiento, induce ansiedad, afecta a la autoestima y le hace perder al sujeto su capacidad de control.

El uso es positivo, siempre que no se dejen de lado el resto de las actividades propias de una vida normal (estudiar, hacer deporte, ir al cine, salir con los amigos o relacionarse con la familia)

Cualquier inclinación desmedida hacia alguna actividad puede desembocar en una adicción, exista o no una sustancia química de por medio. La adicción es una afición patológica que genera dependencia y resta libertad al ser humano al estrechar su campo de conciencia y restringir la amplitud de sus intereses. De hecho, existen hábitos de conducta aparentemente inofensivos, como el acceso a Internet, que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en adictivos e interferir gravemente en la vida cotidiana de las personas afectadas, a nivel familiar, escolar, social o de salud.

            El abuso de las redes sociales o de Internet es un fenómeno preocupante que puede afectar al 5%-10% de los adolescentes y jóvenes. Sin embargo, este abuso puede ser una manifestación secundaria de otros problemas personales, familiares o psicopatológicos. Ser conscientes de esta realidad es fundamental para abordar el problema de una forma apropiada, que puede ser variable de unos casos a otros. Es decir, en algunas personas la ciberacción puede ser como el humo que denota la existencia de un fuego más o menos próximo (un problema de personalidad, una carencia afectiva o un trastorno mental).

El abuso de las redes sociales o de Internet puede provocar una pérdida de habilidades en el intercambio social real, desembocar en una especie de analfabetismo relacional y facilitar la construcción de una falsa identidad

            Al margen de la vulnerabilidad psicológica previa, el abuso de las redes sociales o de Internet puede provocar una pérdida de habilidades en el intercambio social real (la comunicación personal se aprende practicando), desembocar en una especie de analfabetismo relacional y facilitar la construcción de una falsa identidad o de relaciones sociales ficticias, que distancian al sujeto afectado de las personas y que contribuyen a distorsionar el mundo real.

Además, el desarrollo espectacular de la tecnología  en los últimos años ha generado nuevas presentaciones de viejos problemas, como ocurre en el caso del juego online (un viejo problema que se muestra de forma completamente distinta a la tradicional y que requiere, por ello, un tratamiento diferenciado).

Adición a las redes sociales

Los WhatsApp han adquirido una enorme popularidad como medio de mensajería instantánea. Estos mensajes pueden facilitar el enganche (favorecido por la gratuidad) porque a menudo no se desconecta  por hábito (al mirar la hora, ya se  sabe si una persona tiene avisos e incluso la entradilla de los mensajes). Asimismo los WhatsApp propician las conductas controladoras porque se sabe si una persona está en línea o a qué hora se ha conectado por última vez y, además, dejan huella. Estos mensajes pueden crear también problemas en la comunicación, por ejemplo de exclusión social (si no se le incorpora a una persona a un grupo), de malentendidos (en forma de peleas o discusiones por no entender el tono irónico o controlador de un mensaje) o de pérdida de intimidad (por las posibilidades del copia y pega).

            La dependencia a Internet o a las redes sociales se considera ya instalada cuando hay un uso excesivo asociado a una pérdida de control, aparecen síntomas de abstinencia (ansiedad, depresión, irritabilidad) ante la imposibilidad temporal de acceder a la Red, se establece la tolerancia (es decir, la necesidad creciente de aumentar el tiempo de conexión a Internet para sentirse satisfecho) y se producen repercusiones negativas en la vida cotidiana. En estos casos engancharse a una pantalla supone una focalización atencional, reduce la actividad física, impide diversificar el tiempo libre y anula las posibilidades de interesarse por otros temas. El sujeto muestra un ansia por las redes sociales y se produce un flujo de transrealidad que recuerda la experiencia de las drogas. En realidad, hay un efecto bola de nieve. Los problemas se extienden a todas las parcelas de la persona afectada (salud, familia, escuela y relaciones sociales). El adicto sopesa los beneficios de la gratificación inmediata, pero no repara en las posibles consecuencias negativas a largo plazo.

            En resumen, las personas deben aprender a integrar las redes sociales virtuales con las relaciones sociales reales. La riqueza de la comunicación interpersonal requiere de un contacto cara a cara si no se quiere construir relaciones sociales ficticias que antes o después acaban por derrumbarse.

Adicción al juego online

El juego de apuestas se ha modificado sustancialmente en los últimos años. La fiebre por el juego online se ha instalado entre nosotros. El sector ha crecido, sobre todo, de la mano de las apuestas deportivas, apoyadas en grandes campañas de publicidad, con figuras publicitarias atractivas y asociadas, sobre todo, al fútbol. Se trata, además, de juegos de estrategia, en donde los jugadores  creen tener conocimientos y un cierto control (por ilusorio que resulte) sobre lo que apuestan, lo que genera una mayor capacidad adictiva.

El juego online se ha introducido con fuerza en ciertos sectores de la población. Así, los ciberjugadores suelen ser adolescentes o jóvenes adultos varones entre 20 y 40 años que suelen apostar, al menos, una vez por semana, cuentan con estudios medios o superiores, están familiarizados con las nuevas tecnologías, tienen un cierto nivel adquisitivo y son aficionados al deporte.

Los reforzadores del juego online son más potentes que los del juego presencial: se puede apostar a cualquier hora del día o de la noche, sin control social, desde cualquier dispositivo (portátil, tableta o móvil) y a crédito. Además, el recurso a Internet es una actividad solitaria y anónima que puede proporcionar una gratificación instantánea y satisface de forma inmediata el ansia por el juego. Por ello, es fácil caer en la adicción, sobre todo si se trata de menores o de personas vulnerables.

Si en el juego presencial hace falta jugar entre seis y ocho años para convertirse en adicto, en este tipo de apuestas deportivas o de juegos de azar (como el póquer online) bastan uno o dos.

Si en el juego presencial hace falta jugar entre seis y ocho años para convertirse en adicto, en este tipo de apuestas deportivas o de juegos de azar (como el póquer online) bastan uno o dos. Es decir, la adicción se produce en mucho menos tiempo. De hecho, en general en los centros de tratamiento a los jugadores adultos se les trata por la dependencia a las máquinas tragaperras y  los más jóvenes (de mayor nivel cultural y económico) tienden a acudir cada vez con mayor frecuencia por problemas relacionados con el juego online.

¿Cuáles son los factores de riesgo para volverse ciberadicto?

Los adolescentes constituyen un grupo de riesgo porque tienden a buscar sensaciones nuevas y son los que más se conectan a Internet, además de estar más familiarizados con las nuevas tecnologías. Sin embargo, hay personas más vulnerables que otras a las adicciones.

            En algunos casos hay ciertas características de personalidad que aumentan la vulnerabilidad psicológica a las adicciones: la impulsividad; la inestabilidad emocional; la baja autoestima; la intolerancia a los estímulos displacenteros, tanto físicos (dolores, insomnio o fatiga) como psíquicos (disgustos, preocupaciones o responsabilidades); y la búsqueda exagerada de emociones fuertes.

            La soledad o las relaciones con un grupo de personas que abusan de las nuevas tecnologías pueden incitar al adolescente a engancharse a Internet, a las redes sociales o al juego online. Esta tendencia a dejarse influir por el entorno o a compensar en el mundo virtual las carencias del mundo real se intensifica cuando el medio familiar está poco cohesionado y no consigue modular los impulsos del adolescente. Otras veces se trata de personas que muestran una insatisfacción personal con su vida o que carecen de un afecto consistente y que intentan llenar esa carencia con un mundo virtual.

Reflexiones finales: ¿qué hacer ante estas nuevas adicciones?

            Al igual que ocurre en el ámbito de las drogas, es difícil que un ciberadicto se considere como tal. Por lo general, es un suceso muy negativo -fracaso escolar, mentiras reiteradas, aislamiento social, dificultades económicas, presión familiar- el que le hace tomar conciencia de su situación real. De ahí que sea muy frecuente que sean los padres u otros familiares, más que el paciente mismo, quienes consulten por el problema.

            En el ámbito de las adicciones químicas la meta terapéutica utilizada suele ser la abstinencia total respecto a la sustancia de la que se es adicto.  Sin embargo, en el tratamiento de las adicciones sin drogas resulta implanteable, con la excepción del juego online, la meta de la abstinencia. Se trata de conductas descontroladas, pero que resultan necesarias en la vida cotidiana, como ocurre en el caso de conectarse a la Red, tener un grupo de WhatssApp o de contar con un teléfono inteligente. El objetivo terapéutico debe centrarse, por tanto, en el reaprendizaje del control de la conducta según las pautas de comportamiento de las personas normales.

            Las vías de intervención postuladas son muy similares en todos los casos. A corto plazo, es importante el aprendizaje de respuestas de afrontamiento adecuadas ante las situaciones de riesgo (técnicas de control de estímulos). En el caso de la adicción a las redes sociales, por ejemplo, se trata de ejercer un control sobre el horario y la frecuencia de conexión a la Red, así como de eludir los lugares de riesgo (por ejemplo, aislarse en la habitación para navegar por Internet). A medida que avanza el tratamiento, el control de estímulos tiende a hacerse menos estricto, pero la persona debe seguir unas reglas de conducta determinadas.

            A medio plazo, el tratamiento de mantenimiento, una vez reasumido el control de la conducta, requiere actuar sobre la prevención de recaídas. Así, se trata, fundamentalmente, de identificar situaciones de riesgo para la recaída y de aprender  respuestas adecuadas para el afrontamiento de las mismas. Si una persona se mantiene alejada de la adicción durante un período prolongado (1 o 2 años), la probabilidad de recaída disminuye considerablemente. A medida que aumenta temporalmente el control de la conducta y que se es capaz de hacer frente con éxito a las diversas situaciones presentadas en la vida cotidiana, el sujeto experimenta una percepción de control, que aumenta la expectativa de éxito en el futuro.

A medida que aumenta temporalmente el control de la conducta y que se es capaz de hacer frente con éxito a las diversas situaciones presentadas en la vida cotidiana, el sujeto experimenta una percepción de control, que aumenta la expectativa de éxito en el futuro.

            Por último, más a largo plazo, conviene solucionar los problemas específicos (ansiedad, depresión, problemas de pareja, etcétera) e introducir cambios en el estilo de vida, de modo que el sujeto sea capaz de hacer frente con éxito a las dificultades de la vida cotidiana y de obtener otras fuentes de gratificación alternativas al mundo virtual.

Lecturas recomendadas

Chóliz, M. y Marco, C. (2011). Adicción a Internet y redes sociales. Tratamiento psicológico. Madrid: Alianza Editorial.

Chóliz, M. y Marcos, M. (2020). Guía clínica para el tratamiento psicológico de la adicción al juego online. Madrid: Pirámide.

Echeburúa, E. (1999). ¿Adicciones sin drogas? Las nuevas adicciones. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Echeburúa, E., Labrador, F.J. y Becoña, E. (Eds.) (2009). Adicción a las nuevas tecnologías en adolescentes y jóvenes.Madrid: Pirámide.

Echeburúa, E. y Requesens, A. (2012). Adicción a las redes sociales y a las nuevas tecnologías en jóvenes y adolescentes. Guía para educadores. Madrid: Pirámide.

Matalí, J.L. y Alda, J.A. (2008). Adolescentes y nuevas tecnologías: ¿innovación o adicción? Barcelona: Edebé.

Terán Prieto, A (2020). Ciberadicciones. Adicción a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (NTIC). En: AEPap (Ed.), Congreso de Actualización en Pediatría en 2020 (pp. 153-165). Madrid: Lúa Ediciones 3.0.

Reseña biográfica

Enrique Echeburúaes catedrático de Psicología Clínica en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), investigador del Centro de Investigaciones Biomédicas en Red de Salud Mental (CIBERSAM)  y miembro de la Academia Vasca de las Ciencias, Artes y Letras (Jakiunde). Ha escrito diversos libros sobre trastornos de ansiedad, violencia contra la pareja y adicciones (ludopatía, alcoholismo y adicciones sin drogas). Sus líneas actuales de investigación se centran en la violencia contra la pareja, en la ludopatía y en las adicciones a las nuevas tecnologías.