Desafíos para la prevención del abuso de alcohol en jóvenes con perspectiva de género

10/02/2021     

Por Nuria Romo-Avilés, Universidad de Granada.

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”. Simone de Beauvoir.

Prevenir es un eje clave del mundo de las drogodependencias: al fin de cuentas para los y las profesionales lo importante es que no se inicien los consumos de drogas y, sobre todo, que si se inician,  se produzcan lo más tarde posible y causen el menor daño.  Todavía es común pensar lo que llamamos “drogas” desde el eje legal o ilegal, es decir, desde la posición jurídica que guía la percepción de los posibles daños de las sustancias. Y la ilegalidad, y con ella la masculinidad,  han podido ser sobrerrepresentadas en la prevención: en los estudios, en las campañas preventivas, en nuestra visión de los que debíamos o no evitar afectando a la forma en la que la prevención se ha abordado en las últimas décadas.

En los últimos años venimos asistiendo a la extensión de nuevas pautas de consumo de sustancias entre los más jóvenes y que se relacionan sobre todo con la legalidad. Quizás el hecho de que se sitúen en “lo legal” ha evitado un debate social en abierto sobre lo que debemos prevenir y dónde pueden estar los daños. Así, durante las dos últimas décadas en nuestro país hemos asistido a un incremento en las pautas intensivas de consumo de alcohol en el contexto de lo que algunos autores han llamado “cultura de la intoxicación”.  Hablamos de espacios recreativos en los que el consumo excesivo de alcohol se considera sobre todo placentero,  implica divertirse y ser sociable. Una de las características de estos espacios es que en ellos es frecuente que  participen  las chicas y que lleven a cabo consumos muy intensivos de alcohol.  Los datos epidemiológicos en España muestran que las chicas de 14 a 18 años  consumen más sustancias legales que los chicos (tabaco, alcohol y psicofármacos). En relación al abuso de alcohol, destaca que a los 14, 15 o 16 años más chicas que chicos han llevado a cabo consumos muy intensivos de alcohol en los últimos 30 días. (ESTUDES 2018/2019)

El consumo de alcohol se relaciona con cuestiones de reputación, imagen y seguridad que pueden diferir entre los géneros

La coexistencia de una pauta de consumo de sustancia legal y con un patrón  intensivo  por parte de las chicas ha generado tremendos desafíos de cara a la prevención del abuso, del uso problemático, y de los daños asociados al consumo de drogas como el alcohol en los contextos recreativos. Estos son algunos de los que llaman más nuestra atención:

El primer desafío tiene que ver con la visibilización  como “conducta de riesgo” de un comportamiento socialmente aceptado y que forma parte de la cultura recreativa y de ocio también de la población adulta y hacerlo desde la asunción del riesgo en el propio consumo y también en el contexto en el que se lleva a cabo el consumo. Y las personas jóvenes, especialmente los menores de 25 años, no ven necesariamente el consumo de alcohol como problemático, y a menudo argumentan que juega un papel positivo en su socialización (Hutton, F., Wright, S., & Saunders, E. , 2013).

Si bien más del 70 por ciento de los jóvenes de 14 a 18 años han consumido alcohol en los últimos doce meses,  cuando se analiza el perfil de la persona que consume, más del 50 por ciento declara que “sus padres les permiten beber” (ESTUDES 2018/2019).

Entre tanto, expertos en prevención mantienen que el mantenimiento de los límites y la supervisión de las conductas es clave en las edades más tempranas para evitar conductas riesgosas o abusivas de las sustancias. Puede ser difícil imponer normas sobre una conducta extendida y valorada socialmente. Quizás la primera reflexión preventiva sobre el uso o abuso de alcohol tendría que partir de la sociedad adulta.

Por otro lado, nos queda por saber si las consecuencias en el ámbito familiar siguen siendo las mismas para chicas y chicos o si las chicas mantienen un mayor número de restricciones y sanciones relacionadas con sus roles de género en el ámbito familiar y en sus circulo amistoso más cercano. Incorporar la perspectiva de género a la prevención pasará por incluir estas diferencias que  pueden generar desigualdades.

El segundo desafío tiene que ver con el la intervención para disminuir riesgos del contexto en el que se usa y abusa del alcohol. En ese contexto se produce un uso muy intensivo de la tecnología, particularmente a las redes sociales lo que  ha modificado las formas de comunicación y las condiciones tradicionales de construcción de identidad juvenil. Algunos autores como Fergusson, Lynskey y Horwood (1996), mostraron hace décadas como parte de un estudio longitudinal en Nueva Zelanda, la existencia de una asociación significativa entre el consumo de alcohol en la adolescencia y la violencia; los adolescentes que abusaron del alcohol tenían tres veces más probabilidades de cometer delitos violentos que aquellos que no bebieron en exceso. Por otra parte, en las relaciones de parejas adolescentes donde existe violencia,  aumenta la vulnerabilidad ante el consumo y las víctimas suelen consumir más alcohol y llevar a cabo pautas de policonsumo. Estudios como el de (Vijay Singh  et all 2015) Muestran que 1 de cada 4 de los que acuden  a los hospitales por intoxicación etílica ha padecido violencia en la pareja.

Beber intensivamente a menudo puede estar relacionado con el riesgo de violencia física y beber entre mujeres, a menudo se ha asociado con vulnerabilidad a amenazas de riesgo sexual. Por lo tanto, el consumo de alcohol se relaciona con cuestiones de  reputación, imagen y seguridad que pueden diferir entre los géneros. Además, los estándares sociales imponen diferentes significados de consumo de alcohol para hombres y mujeres, creando diversos patrones de bebida y riesgos mientras están socializando. Por ejemplo, aunque se acepta en la cultura masculina el consumo excesivo de alcohol, se espera que las mujeres mantengan cierto grado de control y respetabilidad (Dresler & Anderson, 2017).

El tercer desafío supone incluir la evidencia científica y hacerlo desde los modelos que han probado su eficacia a la hora de reducir los daños.  Por ejemplo, sabemos que hay un creciente cuerpo de literatura que muestra la efectividad de que se realicen intervenciones sobre el ambiente y el contexto. Partiendo de la baja efectividad que está mostrando el brindar información para generar cambio de conducta y la sobreestimación que se hace de la cognición en el control del consumo de sustancias (Buckhart, 2015, 2020). A pesar de esta evidencia, todavía se lanzan campañas informativas y no se desarrollan las medidas que llevarían a generar entornos regulados donde sea cuestione el abuso de alcohol.

En términos generales, las intervenciones preventivas pueden clasificarse en tres tipos diferentes: regulatorias, físicas y económicas. Las intervenciones y medidas regulatorias de prevención ambiental son intervenciones que producen cambios en el entorno reglamentario para limitar ciertos comportamientos. Esto incluye cambiar la legislación, o normas locales, para prohibir o restringir ciertos comportamientos indeseables o promover comportamientos deseables. La prevención estructural o ambiental está conformada por medidas regulatorias físicas y económicas y se basa en las evidencias de que los estímulos sensoriales en el ambientes nos incentivan al consumo o motivan a disminuir el consumo de forma inconsciente (Burkhart, 2020).

Lo que nos lleva a pensar que intervenir en  contextos juveniles en los que se abusa del alcohol,  implica regular la disponibilidad de alcohol a las personas jóvenes en los espacios de ocio y generar medidas regulatorias desde el ámbito penal que mantengan que ”solo sí es sí” interviniendo así sobre la violencia juvenil.

Un desafío clave es mirar con perspectiva de género para entender las actitudes y comportamientos de las personas ante sustancias psicoactivas o drogas como el alcohol e incorporar sus propias sentimientos, deseos y acciones.

Y por último, un desafío clave es mirar con perspectiva de género para entender las actitudes y comportamientos de las personas ante sustancias psicoactivas o drogas como el alcohol e incorporar sus propias sentimientos, deseos y acciones.  Sabemos que el género es un hecho cultural aprehendido que establece mandatos que se configuran a través de lo que llamamos estereotipos, roles sociales,  es decir, comportamientos, actividades y atributos apropiados que cada sociedad en particular construye y asigna a varones y mujeres de manera dicotómica y desigual. Este sistema de género condiciona nuestras elecciones y también las consecuencias sociales de los consumos.

Según el  Informe Europeo sobre Drogas (2018), se estima que 18,9 millones de personas de entre 15 y 34 años ha consumido sustancias ilegales en el último año; y el número de hombres duplica al de mujeres (EMCDDA, 2018). En mi opinión el abuso de drogas entre las mujeres, especialmente si son ilegales, les genera un mayor estigma que a los varones por la ruptura que sus usos conllevan sobre los mandatos y roles de género. Este estigma que es importante a la hora de comprender las elecciones que hacen las mujeres que se acercan al consumo de sustancias decantándose por sustancias de venta legal y reguladas desde el estamento médico.

Si el consumo de alcohol y la intoxicación se han considerado tradicionalmente como comportamientos masculinos y las mujeres continúan enfrentándose a más prejuicios sociales que los hombres por su consumo de alcohol, intoxicación, apariencia y expresión de su sexualidad en los ambientes de consumo, la prevención debe trabajar estas circunstancias con una perspectiva feminista y que generar cambios en ese contexto y sobre las distintas vulnerabilidades. En los últimos años hemos vivido situaciones de fracaso a la hora de realizar campañas preventivas que tratando de mirar desde el género  han resultado sexistas y estigmatizadoras generando rotunda respuestas por los colectivos sensibilizados a  las desigualdades de género. Los programas preventivos no sólo deben informar y pensar que las personas tomaran las decisiones sino entender que pueden actuar de forma intuitiva y condicionada por un sistema de género desigual  en el que actuamos desde los roles, los estereotipos y las sanciones que socialmente guían nuestro comportamiento por lo que “el problema de las mujeres es el problema de los varones” y tiene que ver con un contexto sexista donde se generan vulnerabilidades específicas hacia las chicas.

Bibliografía:

Burkhart G. (2020). Los principios de la prevención ambiental: ¿son aplicables para cannabis? En: AEPap (ed.). Congreso de Actualización Pediatría 2020. Madrid: Lúa Ediciones 3.0

Dresler, A. & Anderson, M. (2018). Drinking to the “edge”: Gender differences in context-specific risks. Health Education, 118 (1), 17-30.

Ferguson, C. (2011). Sexting behaviors among young hispanic women: Incidence and association with other high-risk sexual behaviors. Psychiatric Quarterly, 82 (3), 239-243.

Romo (2010). La mirada de género en el abordaje de los usos y abusos de drogas. Revista Española de Drogodependencias, 35 (3): 269-272.

Sánchez, L. (2014). Prevención del consumo de drogas con perspectiva de género. Recomendaciones con base en la evidencia. Diputación de Alicante: Quinta impresión, S.L.

Diputación de Alicante (2012). Género y Drogas. Recuperado de: https://pnsd.sanidad.gob.es/gl/profesionales/publicaciones/catalogo/bibliotecaDigital/publicaciones/pdf/GuiaGenero_Drogas.pdf

Fundación Atenea (2016). Hombres, Mujeres y Drogodependencias Explicación social de las diferencias de género en el consumo problemático de drogas. Recuperado de: https://pnsd.sanidad.gob.es/gl/profesionales/publicaciones/catalogo/bibliotecaDigital/publicaciones/pdf/Hombres-mujeres-y-drogodependencias.pdf

Hutton, F., Wright, S., & Saunders, E. (2013). Cultures of intoxication: Young women, alcohol, and harm reduction. Contemporary Drug Problems, 40 (4), 451-480.