Reportaje: Covid-19: cuando ni una pandemia detiene el tratamiento

19/08/2021     

Por Asociación Proyecto Hombre

En marzo de 2020 el tiempo se paró, o eso parecía. La alerta sanitaria creada por el coronavirus Covid-19 nos llevó a un estado mental, físico y social nunca antes vivido por la mayoría de la sociedad. No solo la enfermedad y las muertes supusieron un shock para todos y todas, sino que un confinamiento obligatorio para salvaguardar la salud era algo que nadie se había planteado. Pero ¿cómo es vivir confinado para alguien que acaba de iniciar un tratamiento por adicción? Si para la población general un encierro obligatorio es un reto, ¿cómo lo enfrenta alguien tan vulnerable? Y para quienes ya estaban viviendo en una comunidad terapéutica, ¿supone una ventaja el haber vivido encerrado de manera voluntaria?

El distanciamiento social impuesto también borró, de manera momentánea, una costumbre de Proyecto Hombre: el abrazo. El abrazo es un básico en las terapias y una necesidad para quienes buscan consuelo y refugio ante quienes se abren para contar sus problemas. Además de este gesto reconfortante, para muchas personas el seguir una terapia a distancia elevaba el nivel de dificultad que ya supone tratar una adicción. Para quienes antes del confinamiento residían en una Comunidad Terapéutica, el decidir quedarse encerrado o encerrada de manera más obligada, también implicaba aceptar una orden más dentro de la disciplina diaria necesaria para vivir en ella.

Además, la distancia planteaba todo un reto tanto para profesionales como para personas usuarias y voluntariado de los 27 Centros de Proyecto Hombre. Supuso una reinvención, especialmente a la hora de hacer terapias tanto presenciales, que pasaron a ser individuales, como en modalidad online. Tanto en prevención como en tratamiento, las videollamadas se convirtieron en la nueva normalidad.

Dentro de las personas con adicción, unos de los colectivos más vulnerables es el que se encuentra en la comunidad terapéutica en prisión. En algunas comunidades intrapenitenciarias se tuvo que cambiar el trabajo presencial por el telefónico con las personas internas. El compromiso con ellos y ellas se mantuvo, tanto que el trabajo se ha seguido haciendo con la misma atención.

Si bien es cierto que la brecha digital dificultaba el acceso a terapia a ciertas personas, este y otros obstáculos se fueron solventando, enfrentándose a este reto de transformación digital. Y esto, ¿cómo se hace? Humanizando siempre la atención y entendiendo que hay personas que pueden quedarse fuera por no disponer de acceso a internet, móvil… El reto era pensar cómo superarlo, digerir todo lo ocurrido y resituarse emocionalmente. Y así lo hicieron, tanto personal como voluntariado.

No obstante, los casos de depresión y ansiedad se vieron disparados. Esta crisis sanitaria ha provocado otras crisis personales: temor a enfermar o a morir, la incertidumbre, afrontar nuevas realidades, procesos de duelo continuo, distanciamiento de los seres queridos, desmotivación, etc. Pero, a la vez, la resiliencia ha sido una palabra clave a lo largo de este año, así como la transformación personal, algo de lo que saben mucho las personas que pasan por Proyecto Hombre. También los profesionales han cambiado su forma de trabajar, sin contacto, de manera virtual, etc. Pero los equipos seguían funcionando e incluso se han fortalecido, a pesar del cansancio. Porque la confianza de personas usuarias y sus familias era más fuerte que todo lo negativo. La satisfacción sentida por la capacidad de respuesta por parte de Proyecto Hombre es un sentimiento compartido. Esto y el crecimiento personal.

Aun así, el personal de Proyecto Hombre también se sintió vulnerable, como las personas a las que atendían, pero a su vez se mostraron valientes. Por una parte, esto hizo que sus vínculos se fortalecieran y siguieran adelante. Y es que, como dicen desde los Centros, “la pandemia condiciona, pero no para ni el tratamiento ni las soluciones que podemos ofrecer”. Por eso, se aplicó una mentalidad pragmática, pensando en el aquí y el ahora. La creatividad se impuso como forma de vivir y la improvisación llevaba a que se relativizaran los problemas. Cada día suponía un nuevo reto, especialmente al inicio de la pandemia.

También parte del voluntariado seguía presente, aunque fuera desde la distancia. A través de vídeos, cartas y otros medios, continuaban dando apoyo a las personas que ayudaban. Más adelante, pudieron realizar esos acompañamientos tan necesarios en la metodología de Proyecto Hombre. Y es que, ¿qué sería de los Centros sin ese motor que componen más de 2.300 personas? Junto a ellas, los casi 1.200 trabajadores y trabajadoras de Proyecto Hombre han podido continuar ayudando a unas 18.000 personas y sus familiares.

Durante la peor parte de la pandemia, el confinamiento, se prestó atención a más de 6.000 personas desde los Centros de Proyecto Hombre; más de 700 siguieron con su recuperación en los recursos residenciales. También más de 4.500 familias, un pilar en la recuperación, siguieron acompañadas de manera telemática. Y esto fue posible gracias al compromiso de 310 personas trabajadoras que continuaron de manera presencial, apoyadas por otras 600 que lo hicieron telemáticamente. Estas cifras fueron posible gracias a un esfuerzo grupal, en el que el optimismo ganaba al agotamiento para evitar parar máquinas, incluso con una pandemia imprevista.