VALORES: Profesionales portadores de Oxitocina: Ser, saber y saber hacer

16/12/2019     

El homo sapiens sapiens, el hombre y la mujer actual, se caracterizan por pertenecer a una especie con la necesidad no aprendida de ser cuidado por otros seres humanos para poder tener un desarrollo óptimo y desplegar todo el potencial que portan nuestros genes a lo largo de la vida. Ningún animal en la tierra es tan dependiente y eso lo hace ser tan capaz como vulnerable. Es la base del paradigma de los buenos tratos, una palabra que cada vez se utiliza de modo más coloquial pero tras la que hay un marco científico y de evidencia que nos habla de la necesidad que tenemos como especie de unos criadores que ofrezcan cuidado, afecto, seguridad y contención a sus crías de generación en generación. De esta manera damos soporte al YO a través del reflejo externo, a través de todas las atenciones que como padres y madres, profesionales o personas de referencia ofrecemos desde dos dimensiones bien definidas: la seguridad y el afecto . De esta manera, desde el tono que ponemos cuando hablamos a un bebé jugando a palmas palmitas hasta cuando regulamos a un adolescente en el uso del móvil o damos apoyo a una amiga tras un divorcio, estamos generando las bases de una relación bientratante. Nada que no haya surgido fuera aparecerá dentro. Así pues, a día de hoy sabemos que hasta la regulación de la temperatura corporal, los procesos bioquímicos para poder saciarse en la alimentación, el lenguaje o la modulación emocional entre otras, tienen su origen en la relación temprana que establecemos con nuestros criadores.

En definitiva, hablamos de una necesidad de generar vinculaciones sanas desde el minuto cero que nos permitan ir adquiriendo herramientas y habilidades de autonomía para tener un desarrollo normo-saludable. A través del acceso continuo a un adulto disponible y sensible, el niño y la niña o adolescente experimenta contextos de protección y bienestar que le permiten la puesta en marcha de nuevos recursos como la autorregulación, la empatía, la capacidad mentalizadora… Es por ello que nos vamos construyendo desde las partes más bajas y primitivas (movimiento, desarrollo emocional) hasta las más elaboradas (funciones ejecutivas). Un desarrollo armónico que es como un cuatro por cuatro musical, de abajo a arriba y de fuera a dentro como el compás 4×4 de “Another Day of Sun” de la película Lalaland.

Sin embargo, no siempre sucede lo que tiene que suceder, o desgraciadamente sucede lo que no tiene que suceder y la incompetencia parental, contextos tóxicos o situaciones de riesgo atentan contra esa esfera protectora y bientratante con unas consecuencias muy preocupantes que comprometen la salud psico-física del chico y la chica. Jóvenes con los que tenemos que trabajar que muestran una afectación en todas las áreas de desarrollo y que necesitan recuperar un entorno lo suficientemente comprensivo y cuidadoso para poder reparar ese daño que nadie debería haber permitido. Quizás sólo veamos sus problemas de conducta, su agresividad, sus consumos o actitudes autolíticas pero detrás hay una historia de abandono, de malos tratos, de abusos, que no es inocua, que ha dejado una huella. Son jóvenes tan fracturados que ahora tienen que hacer más con menos y para ello necesitan de un o una profesional portador de oxitocina que abrace su dolor y le ayude a caminar en un nuevo escenario. Un o una profesional que a través de su YO (el del adulto) permita la reparación de ese daño más allá de lo inmediato, como hemos dicho antes de fuera a dentro y de abajo arriba.

“Solo un o una profesional que realmente haya dedicado tiempo, espacio y mucha energía a conocerse, a descubrir sus fortalezas y limitaciones, estará en una posición óptima de realizar un acompañamiento en las mejores condiciones”

Si bien el concepto profesional portador de oxitocina tiene ciertos tintes metafóricos, la verdad es que ahora sabemos que la neurobiología está adquiriendo un papel principal en el marco técnico que hay detrás del acompañamiento y, en especial, cuando han sido traumatizados . La oxitocina es una hormona presente en las relaciones de cuidado, de sintonía, en definitiva en las relaciones bientratantes y como profesionales debemos tenerla presente en cualquier intervención que realicemos tanto con un niño o una niña como con un adulto. Esa presencia de la que venimos hablando desde las primeras líneas y que va a permitir rehabilitar esa afectación que les posibilite estar en el mundo de una manera más ajustada y saludable.

Cada vez que me pongo delante de un grupo de profesionales de la intervención social en una formación, el desafío siempre es el mismo: ser capaz de trasladarles la dificultad de encontrar el equilibrio entre lo que para mí son las claves del acompañamiento terapéutico: Ser, Saber y Saber Hacer. La una sin las otras es como si te quitaran dos cuerdas de una guitarra y quieres tocar Luna lunera de los Estopa. El instrumento va a sonar e incluso será reconocible la melodía pero no va a tener el duende ni la frescura de hacerlo con seis. A lo largo de mi periplo profesional he encontrado a mucha gente que ha destacado en alguna de las tres, pero la virtud reside en la armonía entre todas ellas. Hay profesionales muy preparados técnicamente y con un discurso muy compacto y estructurado, que se diluyen cuando están en el tú a tú con un o una adolescente. Otros y otras en cambio son de Hacer y son realmente exquisitos a la hora de estar con una persona joven y postularse para ser un referente sensible y comprensivo, pero con muchas dificultades para establecer un plan y una secuenciación bien fundamentada por falta de formación y de perspectiva técnica. Sin embargo, es un gusto para la vista cuando ves a alguien que combina las tres de una manera fluida.

Sin duda alguna, la dimensión del SER es la que más me preocupa últimamente. Nuestra identidad, la integración de nuestras narrativas, de nuestras propias heridas y avatares vitales nos ha ido esculpiendo como personas que vamos a acompañar a otras personas. Sólo un o una profesional que realmente haya dedicado tiempo, espacio y mucha energía a conocerse, a descubrir sus fortalezas y limitaciones estará en una posición óptima de realizar un acompañamiento en las mejores condiciones. Niños, niñas, adolescentes y adultos traumatizados despiertan en nosotros y nosotras la semilla de la duda, de la incertidumbre y del desasosiego. Son expertos en sacarnos de nuestra ventana de tolerancia y perder la integración que necesitamos para poder ofrecer la seguridad y afecto que necesitan. En este sentido, si hay situaciones que me generan mucha inquietud interna, que me conectan con algo muy intenso, no voy a poder ver al joven, se me va a diluir entre sus provocaciones o desajustes. Las mentiras, los robos, las amenazas, los abandonos en la inserción laboral o intermitencias en las terapias son la manifestación de un malestar interno. Nos gustaría que el proceso de rehabilitación fuera como el de una película de corte hollywoodense, pero en realidad no lo es y eso puede sacudirnos como un tsunami en las costas del sudeste asiático, llevándonos a no percibirles más allá de sus acciones desajustadas y perdiendo la perspectiva educativa.

David es un educador social experimentado y que ha ido creciendo a lo largo de su recorrido como profesional. No obstante necesita el orden y la estructura externa para tener la suya interna. Así pues, es un amante de las rutinas, de los protocolos… de lo previsible. En nuestro trabajo aparentemente puede llegar a ser una virtud porque sabemos que la estructura y la seguridad de lo predecible para los chicos y chicas a los que atendemos es un factor a poner en valor. Sin embargo, esa no puede ser su fuente de estabilidad, porque cuando hay un día de caos externo en algún joven, ese caos se traslada al mundo interno de David y como si de un glaciar se tratara se va resquebrajando su integración perdiendo los papeles y buscando en la norma, en la rigidez y la estructura su modulación interna. Abandona al joven y su caos porque en ese estado de disregulación profesional no puede atenderlo aunque quiera.

“Tenemos que SABER, porque no hay nada peor que tratar un catarro como si fuera un esguince o dar sesiones de quimio a quien tiene una úlcera de estómago”

Hay muchos chicos y chicas que nos conocen mejor que nosotros/nosotras mismas. Es normal, necesitan controlarlo todo y entre otras cosas a nosotros. Por eso, en un primer momento, mucho más importante que vincular afectivamente es trasladar al joven que somos una figura resistente, integrada, gigante y de la que se puede fiar porque vamos a poder tolerar sus desajustes y miedos. En este sentido como he escuchado en más de una ocasión al psicólogo Javier Romeu, si un niño o niña se siente más fuerte que el adulto ¿quién lo protegerá? Así pues, el primer paso que como profesionales portadores de oxitocina debemos dar es convertirnos en la secuoya gigantesca que ofrece sombra, refugio y una sensación de fortaleza.

No voy a entretenerme mucho en el SABER porque es obvio que necesitamos estar en una continua formación que nos dé modelos explicativos de qué sucede en los y las jóvenes con las que compartimos camino. No obstante, no puedo pasar por alto que la formación en pleno siglo XXI nos va a dotar de claves para desencriptar qué hay detrás de los comportamientos desajustados, de los consumos, de los robos, de las agresiones, de mil y una situaciones que necesitan de un modelo comprensivo que de sentido a esos ajustes creativos como los llama la psicóloga Lola Pavón: quizás me vuelvo agresivo para dar miedo y así no conectar con el mío propio, sintiendo algo de de control y protección. O quizás me dé por ser el chistoso para distraer o distraerme de mis partes duras y dolorosas. O por ser complaciente para no ser rechazado, o perfecto para sentir el control en alguna parte de mi vida. Ajustes que tienen un para qué: acomodarme al mundo que me ha tocado vivir. En esos momentos complicados es cuando tenemos que saber de neurobiología, de resiliencia, de mentalización, de disociación, de apego o del impacto del trauma en todos los contextos. Tenemos que SABER, porque no hay nada peor que tratar un catarro como si fuera un esguince o dar sesiones de quimio a quien tiene una úlcera de estómago. Quizás pueda resultar exagerado pero es algo muy habitual en el mundo de la ayuda. Atribuimos modelos explicativos de una manera rápida e iatrogénica por falta de formación.

Y, finalmente, el SABER HACER va a ser la tercera pata de la banqueta sobre la que se asiente un profesional portador de oxitocina. ¡Hay una línea tan delgada entre hacerlo bien y mal! Podemos elaborar los mejores planes, diseñar unas buenas programaciones e intervenciones que fracasarán si no disponemos de un repertorio de habilidades y recursos para poder implementarlas. Si bien venimos hablando del poder de la relación diádica del profesional portador de oxitocina con el o la joven, en realidad es la percepción que éste o ésta tenga de dicha conexión lo que va a contar . Son ellos y ellas los que van a dar sentido a la vinculación. De esta manera, el modelo relacional con el que nos acerquemos tiene que ser diferente, partiendo de la necesidad de reparar esas vivencias tempranas de desamparo. El gran error que podemos cometer es pensar que a todos y todas se les debe tratar de la misma manera. Nunca vamos a saber exactamente qué van a sentir o pensar, por eso es necesaria una actitud de curiosidad que nos acerque mínimamente a entender esos estados mentales que les hacen ser como son.

Estoy de acuerdo con Sam el hobbit: la historia de cada jóven es una historia que llena el corazón, a pesar de que muchas veces somos muy pequeños para entenderlas, pero tenemos que seguir creciendo en el ser, el saber y en el saber hacer para poder ofrecer a los protagonistas el suficiente aliento para que no se rindan.

Artículo escrito por Íñigo Martínez de Mandojana Valle. Psicopedagogo, educador social y formador

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