VOCES EXPERTAS: Violencia y adicciones*

13/12/2019     

“En general, las personas son responsables de sus actos. No se puede considerar a las personas libres para hacer el bien, pero incapaces cuando actúan mal”. Enrique Echeburúa, Violencia y trastornos mentales, Madrid 2018.

En junio de 1988, el barómetro del CIS nos hablaba de que el 49% de los españoles nombraban “las drogas” como uno de los tres principales problemas del país; y  la “inseguridad ciudadana” era nombrada por el 36,3%. Si atendemos al barómetro de julio de 2019, las cifras son del 0,3% para “las drogas”, y de un 2,5% para la “inseguridad ciudadana”. Comienzo este artículo con un estudio sociológico para poner en relieve los cambios tan profundos que han ocurrido en la sociedad española respecto a los conceptos manejados en este artículo y cómo a finales de los 80 el consumo de sustancias, especialmente opiáceos en aquellos días, iba de la mano del otro “problema” percibido, la “inseguridad ciudadana”, que nos sirve aquí como indicador de conductas que conllevan violencia. En 2019 nos planteamos la relación, que no resultará fácil de determinar, entre violencia y consumo de sustancias, precisamente porque el viaje de las adicciones desde los límites y extrarradios de la sociedad, en los 80, al corazón mismo de la sociedad, hoy día, ha invisibilizado esta relación; pero que no “veamos” en nuestras calles los problemas, o, mejor dicho, sus consecuencias, no significa que, transformados, permanezcan de manera sostenida, aún siendo diferentes las sustancias, las conductas y las circunstancias de  las personas que sufren sus consecuencias.

Definición de conceptos

Si hablamos de “consumo de sustancias”, tendremos que hablar de drogas, y asumiremos esta definición: una sustancia psicoactiva que modifica el organismo vivo, generando en él un refuerzo positivo, lo cual promueve el deseo de repetir la conducta; aunque también pueden asumir otra intención, como es la de atenuar el dolor físico o emocional (Pérez del Río, F. 2011). Dejamos fuera del presente concepto las adicciones comportamentales por requerir un estudio diferenciado en su relación con la violencia.

            Cuando hablamos de violencia, estamos hablando de algo profundamente humano, de una conducta intencional que tiende a causar daño a otros seres humanos, aprendida culturalmente y que constituye una respuesta inadaptativa, sin beneficio para la supervivencia del individuo ni de la especie, y que adoptará diferentes variedades expresivas (a nivel físico, sexual o emocional). Frente a la violencia está la “agresividad” que se entronca, esta vez sí, con la supervivencia de la especie, y que tiene profundas raíces psicobiológicas, siendo una respuesta defensiva ante amenazas del mundo exterior. La violencia apenas se da en el mundo animal, los animales muestran en ocasiones una enorme agresividad, pero desteñida de cualquier violencia. Es cuestión de supervivencia, no de daño intencionado (Echeburúa E., 2018). Esta distinción agresividad/violencia es muy valiosa, también cuando se traslada al ámbito legislativo forense, para determinar el dolo, la culpa o la irresponsabilidad penal.

Atendiendo a esa intencionalidad, nos podemos fijar en el concepto de abuso, donde están presente tanto la intencionalidad como el daño causado a un ser humano. Las cifras del Observatorio de Proyecto Hombre 2018 no dejan margen de dudas (ver gráfico nº 1): las personas que acuden a tratamiento a los centros de Proyecto Hombre presentan una percepción de su vida en la que se ha “abusado” de manera emocional, física o sexual de forma estadísticamente muy significativa (coincidentes además con la diversidad de violencias expresadas por Echeburúa E. 2018). Además, hay que destacar que las mujeres presentan 23 puntos porcentuales más, como mínimo, en todos los ítems, introduciendo un nuevo factor: el género como factor de riesgo para sufrir abusos, violencia. Si en una primera intuición podríamos hablar de que las personas con problemas de consumo de sustancias podrían presentarse más como agresores que como víctimas de la violencia, resulta evidente que la relación violencia-sustancias y víctima-agresor es mucho más compleja que la percibida inicialmente.

La interrelación y la causalidad a debate

Encontramos que las personas violentas tienden a consumir más alcohol y otras drogas; y a su vez que las personas consumidoras tienen más conductas violentas (Swanson, Holzer, Ganju & Jono, 1990; IAS, 2004). Si bien tenemos el modelo de la “violencia como inducción al consumo”, en el que se observa la violencia como un factor de riesgo para el consumo de sustancias, parece más adecuada la explicación de las “causas comunes”, evitando establecer causalidades directas (Walters, 1994). Estaríamos hablando de estilos de vidas para la violencia, y estilos de vida para el consumo de sustancias, que se solapan en un momento dado. Otros estudios destacan cómo la acción neurobiológica de determinadas sustancias, la cocaína v.g., predisponen a la violencia. ¿Qué trato de plantear con esta serie de datos? Que no podemos establecer causalidad directa aunque para el consumo de determinadas sustancias y para determinadas circunstancias, tanto la violencia como el consumo pueden ser factores de riesgo o predisponentes; y sobre todo que, ambas conductas presentan multicausalidad y por lo tanto, dejando a un lado su relación, la intervención con ambas conductas atenderá a los factores individuales, familiares y grupales, como ya la OMS recalcó en 2002, hablando tan solo de la violencia.

Alcohol y violencia

Siendo el alcohol el problema más grave de salud pública relacionado con las sustancias que producen adicción, haremos un breve recorrido por la relación entre la ingesta de alcohol y las conductas violentas. Desde hace mucho tiempo aparecen estudios en los que la ingesta de alcohol y las conductas violentas van de la mano en un alto porcentaje. Anderson y Baumberg (2008) encontraron una correlación del 42 % entre conductas violentas y consumo de alcohol en España. En la información obtenida del seguimiento de las víctimas de violencia de género y doméstica de uno de los distritos de Valencia podemos observar que en 2008 y 2009,  el 71,8 de los agresores consumían habitualmente alcohol (Pastor, F. P. et al, 2010). En Inglaterra y Gales, el 50% de las víctimas de violencia interpersonal señalaron que el agresor estaba bajo los efectos del alcohol en el momento de la agresión (OMS, 2006)

La ingesta de alcohol produce efectos claramente descritos a nivel neurobiológicos, como la desinhibición, es decir, la falta de autocontrol sobre los impulsos, bajando los filtros éticos y morales que guiarían las conductas. De esta manera, el alcohol actúa como facilitador de conductas violentas que sin la ingesta alcohólica quedarían reprimidas. Pero además están las ideas culturales, expectativas y aprendizajes que van adquiriendo las personas a lo largo de su vida. Desde un punto de vista antropológico, se ha descrito cómo la idea de que “realice tal acto violento porque estaba bebido”, en realidad actúa como justificación buscada incluso antes de la ingesta del alcohol. Las personas con tendencias violentas saben que el alcohol actuará como facilitador de estas conductas, además de cierta disculpa tanto personal como social. En palabras de Gelles y Strauss (1988): “En nuestra sociedad, como en muchas otras, los individuos aprenden que no tendrán que asumir responsabilidad por su comportamiento ebrio. En nuestra cultura (…) es un “tiempo muerto” en las normas usuales de conducta”.

“Desde un punto de vista antropológico, se ha descrito cómo la idea de que ‘realice tal acto violento porque estaba bebido’, en realidad actúa como justificación buscada incluso antes de la ingesta del alcohol”

Me uno también a estos autores para afirmar que el alcohol no “causa violencia” en personas sin patologías añadidas a su posible alcoholismo, pero sí actúa como facilitador, es decir, ayuda, favorece la conducta violenta; no parece que eliminando el consumo de alcohol se vaya a eliminar también la violencia individual hacia otras personas, aunque sí que parece que una vez que desaparece el consumo de alcohol el riesgo de actuar con agresividad o ser víctima de la violencia, disminuye considerablemente. La OMS (2006) también ha señalado que la personas que están bajo los efectos del alcohol perciben menores riesgos en situaciones de peligro, con lo que se convierten con mayor facilidad en víctimas de agresiones violentas en cualquiera de sus variantes. Descartamos una vez más la causalidad, pero ponemos en valor tanto las causas comunes para la violencia y el abuso del alcohol (OMS, 2006; Pastor, F. P. et al, 2010) que aparecen en ambas conductas desadaptativas, como las intervenciones preventivas que obedecerán a la citada multifactorialidad en las causas.

Trastornos mentales, violencia y consumo de alcohol y otras drogas

Uno de los factores que tradicionalmente se ha asociado a la violencia en enfermos mentales, junto a las psicopatías y el trastorno antisocial, es el abuso/dependencia de sustancias psicoactivas. Esta relación “predictora” de la violencia del consumo de sustancia no parece nada clara ya que podemos encontrar cifras similares en sujetos sin problemas de salud mental (Harris A. y Lurigio A. 2007).

Para Esbec y Echeburúa (2010), entre la lista de predictores de conductas violentas sí que se encuentra de manera clara el abuso de alcohol y otras drogas, pero aumenta la lista en otros: ausencia de conciencia de enfermedad/rechazo del tratamiento, trastornos de pensamiento con ideas delirantes que incitan a actuar de forma violenta, el aislamiento social/familiar y otros factores estresores contextuales. Sí que admiten que los trastornos mentales y las parafilias junto con consumo de drogas es un coctel explosivo.

El consumo de alcohol y otras drogas aparece, como claro predictor de posibles conductas violentas, pero entre otros factores. Trastorno mental-violencia-abuso de drogas no implican por sí solas una explicación en ninguna dirección. Lo que sí  podemos resaltar es que los enfermos mentales, lejos de ser estadísticamente un grupo “violento”, suelen aparecer mucho más como víctimas de otros agresores o como víctimas de autoagresiones, entre las que destaca el suicidio. La mayor parte de las acciones destructivas son obra de una conducta sin enfermedad, aunque moralmente anómala, que tienen que ver más con la marginalidad social y otros factores sociales/culturales que con la enfermedad mental (Esbec y Echeburua, 2010)

Conclusiones

Existe una interrelación entre el abuso/dependencia del alcohol y otras drogas con la violencia, pero no podemos afirmar una causalidad entre ellas. Podemos hablar de problemas/conductas que obedecen a causalidades multifactoriales que muchas veces coinciden, las “causas comunes”.

El alcohol aparece como problema de salud pública de primera magnitud y todos los estudios apuntan a su relación con las conductas violentas. Este hecho es así para prácticamente todas las sociedades del mundo donde existen problemas de abuso de alcohol. El alcohol actúa como facilitador de estas conductas, pero el análisis causal tendrá que tener en cuenta muchos más factores bio-psico-sociales para entender el fenómeno alcohol-violencia.

En los trastornos mentales se sigue la pauta hasta aquí seguida, no basta un trastorno mental junto con un consumo de alcohol u otras drogas, habrá que atender otros factores para explicar y/o predecir conductas violentas.

Siendo ambos fenómenos, la violencia y las adicciones, multifactoriales en sus causas, tanto a la hora de su prevención como de la intervención habrá que atender a un modelo bio-psico-social, dada la complejidad y el alcance de sus consecuencias.

Escrito por: Oscar Pérez Escribano. Educador social y licenciado en Antropología. Máster en Adicciones y experto en drogodependencias. Responsable de prevención, formación y director
de la Comunidad Terapéutica de Proyecto Hombre La Rioja.

*Este artículo ha sido realizado partiendo de las ponencias de las jornadas de Proyecto Hombre La Rioja celebradas en junio  bajo el título “Violencia y conductas adictivas”.