Perdidos antes de empezar

Autor: Asociacion Proyecto Hombre      27/04/2020     

En el avance de datos de 2019, los accidentes con baja laboral en el periodo enero – noviembre alcanza un total de 590.027. El número de muertes, a falta de contabilizar diciembre es de 644, frente a las 637 de todo el año 2018. En 2019 no solo aumentaron los accidentes laborales, sino también el número de muertos. La evolución de los datos relativos a accidentes de trabajo en jornada laboral con baja y con resultado de muerte, da como resultado una progresión en la que, además de factores laborales, se adivinan aspectos relativos a la coyuntura económica.

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Fuente: Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social.

Durante los últimos años, se ha realizado un trabajo ingente para poder analizar los factores que intervienen en la siniestralidad laboral, así como para estudiarlos y compararlos por secciones de actividad económica, por comunidades autónomas, por sexo y situación laboral, o por la forma o contacto que originó la lesión. Del mismo modo, se ha avanzado mucho (a la vista está, que no todo lo que sería deseable) en la evaluación de los riesgos y en la calidad de la intervención preventiva.

Sin embargo, hay algo que sorprende. Todavía es poco lo que se sabe de la influencia del consumo de alcohol y otras drogas en la siniestralidad, y tanto los servicios de prevención, como los empresarios, o los propios trabajadores y sus representantes, reconocen estar perdidos respecto a cómo intervenir, cómo actuar, o en quien apoyarse en el caso en el que una situación de consumo de drogas ha sido detectada. Cuestiones relativas a la protección de la intimidad, la Ley de Protección de Datos de Carácter Personal, así como sobre los test de consumo de drogas en el trabajo, son las inquietudes más frecuentes en las escasas jornadas o coloquios que se celebran sobre el tema, y son también el objeto más habitual de las consultas a los servicios jurídicos de las organizaciones empresariales, o de las empresas. Tan pocos criterios desembocan en que se encuentre en el despido o en la sanción, la más “eficaz” de las respuestas.

Cuando se intenta indagar en datos sobre el consumo de alcohol y otras drogas en el ámbito laboral, casi siempre nos encontramos con datos de origen incierto, o indicadores indirectos. Es habitual encontrarse con un antiguo dato de la Organización Internacional del Trabajo, en el que se indica que, en una cuarta parte de los accidentes aproximadamente, están presentes, de una u otra manera, estas sustancias.

Hay otros datos sí. El OEDA (Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones), en sus “Estadísticas 2019”, cifra que de las personas que durante 2017 iniciaron un tratamiento por consumo de drogas ilegales (deja fuera el alcohol, los psicofármacos prescritos medicamente y el tabaco entre otros), el 32.8% estaban laboralmente activos. En el caso concreto del alcohol, el porcentaje es del 40%. Un indicador válido y ciertamente revelador, pero indirecto a la hora de estudiar el impacto del consumo de drogas sobre la siniestralidad laboral.

Especial mención, por ser pionero y específico de un sector como el de la construcción (sobre el que tradicionalmente ha habido una intuición generalizada de que el consumo de drogas, en concreto el de alcohol), merece el estudio: “Consumo de alcohol y otras drogas en el sector de la construcción: algunos datos y conclusiones”. En dicho estudio, en el que la colaboración de la Asociación Proyecto Hombre fue decisiva, se cuantificó un tema del que mucho se había hablado, y se habla, pero nadie había cifrado. En base a una muestra de 1547 participantes de todo el territorio nacional, se pudieron conocer muchos datos, entre otros y por ejemplo, que el 18% de los trabajadores presenta un consumo de riesgo (AUDIT-C>5), también que el cannabis presenta importantes tasas de consumo en el sector, o que prácticamente un 10% de los trabajadores encuestados, consume hipnosedantes. Una aproximación científica que analiza diferenciando por sexo, edad, estado social o categorías profesionales, entre otras variables, una realidad que estaba inexplorada.

No obstante faltan datos oficiales, generales y por sectores. Algunas organizaciones como la Asociación Proyecto Hombre, cuentan con herramientas de diagnóstico y propuestas de intervención en la empresa, es decir Planes de Actuación, de mucha calidad y estructuradas en fases (análisis, diseño, ejecución y evaluación), para no dejar nada al azar y garantizar que la intervención sea lo más ajustada y personalizada posible, pero la falta de estudios oficiales que muestren fielmente la entidad del problema, hace que, en muchas ocasiones, estemos perdidos antes de empezar.

Profesionales de la prevención de riesgos laborales, de los recursos humanos, empresarios y población laboral en general, intuyen que el impacto de las drogas en el trabajo, merece más atención institucional de la que actualmente se le presta. Sin duda alguna, uno de los grandes enemigos del consumo de drogas en el ámbito laboral es la ausencia de datos, debidamente estructurados, que ofrezcan una foto diagnóstica del punto en el que estamos. En un mundo en el que se mide todo, y en el que la prevención de riesgos laborales en España está suficientemente asentada, esta carencia es muy llamativa.

En base a los mismos argumentos se echan de menos directrices generales y consensuadas, documentos oficiales como pudieran ser Notas Técnicas de Prevención sobre el tema, modelos de intervención avalados, o foros intersectoriales de discusión e intercambio en los que se trataran temas sobre los que hay grandes discrepancias y mucho desconocimiento, como pueda ser la conveniencia de los test de drogas a los trabajadores, o modos de intervención ante la aparición de esta circunstancia.

El problema no tiene visos de remitir. No querer medir o hablar del problema que suponen estas conductas de origen multifactorial, pero con un fuerte impacto laboral, no es una solución válida. Urge una estrategia técnica consensuada, que parta de los trabajos y modelos que se están desarrollando, dando respuesta a una realidad no medida, y en gran parte, conscientemente ocultada.