“Bajo los efectos de…” (violencia de género y adicciones)
Autoría: Miguel Lorente Acosta. Profesor de Medicina Legal de la Universidad de Granada
Con frecuencia, al hablar de adicciones en diferentes contextos la situación se valora o analiza desde una perspectiva limitada que se resume en la frase “bajo los efectos de”. Una aproximación que centra su significado en el consumo de una determinada sustancia o en la falta de un consumo que genera la abstinencia a la misma. Todo se presenta como si fuera un blanco y negro intercambiable de momento, para situar el negro en el lado adecuado que nos permita ocultar tras él parte de la realidad. De ese modo se asocia la adicción a la fase aguda del consumo de sustancias o de los efectos de no tomarlas, y el problema se limita al contexto individual, de manera que la responsabilidad queda reducida a la persona y la responsabilidad social desaparece.
Con la violencia de género contra las mujeres ocurre una situación similar. Toda la situación de violencia se reduce a las agresiones físicas o psíquicas, se centra en los casos denunciados, y se aparta la mirada de la realidad social que hace que el 80% de todos los casos no se denuncie y permanezca invisibilizado y al margen de la realidad.
Estas dos situaciones revelan dos hechos esenciales sobre los dos problemas: por un lado, la complicidad de un sistema que genera las circunstancias para que se produzcan ambos resultados, la violencia contra las mujeres y las adicciones a sustancias y conductas, y por otro, el de la desconfianza de quienes deben encontrar en el sistema la solución para solventar la situación que viven y el contexto social que lleva a ella.
Bajo ese marco común la confluencia de los dos problemas era probable, de manera que hay una relación entre violencia de género y consumo de sustancias tóxicas.
“El momento actual es especialmente complejo y trascendente debido a que una parte de la sociedad, gracias al feminismo y a las iniciativas desarrolladas por las mujeres, ha tomado conciencia de la injusticia que supone un modelo levantado sobre la desigualdad, y de las consecuencias negativas que produce”.
La relación entre la violencia sobre la mujer y el consumo de sustancias tóxicas ha sido puesta de manifiesto por diferentes trabajos desde hace años (McCauley y cols, 1995, Seedat y cols 2005, Carbone-Lopez y cols 2006). Las razones que se han expuesto para explicar esta relación ponen de relieve su vinculación con los procesos de victimización previa, fundamentalmente debida a abusos en la infancia, tanto directa como por exposición a la violencia sobre la mujer vivida en el ambiente familiar (Hans, 1999, Pico-Alfonso, 2005), como con la victimización derivada de la situación de violencia vivida por las mujeres en sus relaciones de pareja actuales (Martino y cols, 2005, Musayon y cols, 2005, Coker y cols, 2002, Gilber y cols, 2001). También se destaca en los estudios que la percepción de la situación originada por la violencia lleva al consumo de sustancias tóxicas, para integrar la violencia como parte de su realidad y facilitar su adaptación (Gilbert y cols, 2001, Wingood y cols 2000).
La combinación de agresiones repetidas en un ambiente caracterizado por un patrón de dominio-sumisión generado por la violencia, conduce a un deterioro progresivo que produce una serie de consecuencias psicológicas (cognitivas, afectivo-emocionales, actitudo-motivacionales, psicofisiológicas y comportamentales) que ocasionan estrés y emociones negativas (tristeza, desesperanza, indefensión, vergüenza, ira, ansiedad, miedo, frustración…) durante y después del ataque, las cuales se ven potenciadas por la amenaza y la humillación que mantiene el agresor sobre las mujer.
El contexto social y cultural que acompaña a la violencia de género, repleto de justificaciones y con un mensaje de normalidad para que se entienda que son conductas que forman parte de las relaciones de pareja, hace que se desarrollen sentimientos de culpa, vergüenza, desesperanza, reducción de sus competencias y recursos (solución de problemas, toma de decisiones, habilidades sociales…), y se acompañe de una disminución de la autonomía de la mujer que la sufre y, quizás por ello, se produzca una dependencia emocional respecto al maltratador (Buchbinder y Eisikovits, 2003; Dutton y Painter, 1993; Echeburúa y Corral, 1998; Matud, 1999). Los síntomas más frecuentes que experimenta la mujer maltratada son ansiedad, tristeza, pérdida de autoestima, labilidad emocional, inapetencia sexual, fatiga permanente e insomnio. En los casos más graves, la mujer llega a desarrollar síntomas y trastornos crónicos de mayor o menor relevancia clínica y gravedad, como síndrome de estrés postraumático, depresión o ansiedad (Walker, 1991; Golding, 1999, Ruiz-Pérez y cols. 2005). En general, se calcula que el 60% de las mujeres maltratadas tiene problemas psicológicos moderados o graves (Lorente, 2001), aunque otros autores hablan de cifras de hasta alrededor del 85% (Golding, 1999).
Estas consecuencias y la situación mantenida de violencia da lugar a un mayor consumo de sustancias tóxicas (Carbone-Lopez y cols 2006, Testa y cols 2003), también de medicamentos prescritos ante la situación psicológica que produce la violencia y, aunque con menor frecuencia, es posible que se recurra al suicidio para acabar con la situación (Golding, 1999; Echeburúa y Corral, 1998). Conducta autolítica que también recogen otros estudios (McCauley y cols, 1995, Seedat y cols 2005, Wingood y cols 2000).
La confluencia de las dos situaciones (violencia de género y consumo de sustancias tóxicas) se deduce también de la prevalencia de los dos problemas. Por un lado la violencia de género, cuya prevalencia se ha situado entre el 20-30%, y por otro el consumo de drogas, que referido a las mujeres supone una prevalencia alrededor del 20% en lo que se refiere a las denominadas drogas ilegales.
El ambiente generado por la interacción entre la violencia de género y el consumo de drogas muestra otra de sus principales consecuencias en la victimización de los hijos al convivir en un ambiente hostil y agresivo, apareciendo alteraciones físicas y psíquicas, así como mayor incidencia de suicidio (Hacker y cols 2006, Bensley y cols, 2003). Las consecuencias negativas sobre los hijos en muchos casos empieza, incluso, en el embarazo, periodo en el que se agrava la violencia y aumenta el consumo de sustancias tóxicas (Martin y cols, 2003).
Los diferentes trabajos insisten en la relación entre violencia sobre las mujeres y consumo de drogas, aunque no mantienen una posición unánime respecto a si es la violencia la que conduce al consumo de sustancias tóxicas (Ruiz-Pérez y Plazaola, 2005, Coker y cols, 2002, Ramisetty-Mikler y cols 2006, Raya-Ortega y cols 2004, Seedat y cols 2005), o es el consumo de drogas el que facilita que se produzca la violencia sobre la mujer (Musayon, 2005, Frye y cols 2001, Gilbert y cols, 2001); otros trabajos establecen una relación bidireccional entre ambos factores (El-Bassel y cols 2005), que es el escenario más probable con independencia de que es unos casos predomine un sentido u otro atendiendo a las circunstancias particulares.
Esta situación puede estar relacionada con las diferentes circunstancias que se presentan dentro de la relación general entre violencia de género y drogas, tanto en lo que se refiere a los factores de la violencia, especialmente relacionados con las características del agresor (que también puede ser consumidor), de la mujer víctima (victimización previa, tipo de violencia –física, psíquica, sexual- intensidad de las agresiones, frecuencia de los ataques,…) como por parte de las drogas (tipo de sustancias tóxica, patrón y vía de consumo, adicción simple o politoxicomanía, relación entre el consumo y las agresiones,…)
Se trata de un contexto complejo y no uniforme que dificulta el abordaje desde todos los puntos de vista (terapéutico, clínico, judicial, social, familiar,…) de ahí la importancia de analizar las características de las referencias conocidas para afrontar una solución definitiva que evite las nuevas agresiones nacidas de la vulnerabilidad derivada del consumo de drogas (Musayon, 2005, Ramisetty-Mikler y cols 2006, Coker y cols 2002), así como el mayor consumo de drogas y psicofármacos por vivir en una situación de violencia (McCauley y cols, 1995, Ruiz-Pérez y Plazaola, 2005, Raya-Ortega, 2004).
Al final tenemos una situación definida por la frase “bajo los efectos de” con tres elementos esenciales:
Bajo los efectos de la violencia de género se facilita que se produzca una reacción que conduzca al consumo de sustancias tóxicas y medicamentos como forma de adaptarse a la situación de violencia que viven, o como una vía para evadirse de ella.
Bajo los efectos de las sustancias tóxicas se produce en las mujeres una mayor vulnerabilidad que limita la toma de conciencia de la realidad, y dificulta la salida del contexto violento; y en el agresor potencia la cosificación de la mujer y el control por medio de la violencia ante la percepción de la dificultad que tiene para escapar de la relación y sus agresiones.
Bajo los efectos del machismo se potencia el sistema jerarquizado de poder en el que la violencia contra las mujeres actúa como una forma de control interno para mantener el orden androcéntrico que define el contexto social y cultural; y el tráfico de drogas refuerza determinadas posiciones de poder dentro del propio sistema para imponer el modelo. Un modelo del que forman parte la violencia de género y el consumo de sustancias tóxicas fuera del marco de la ley, pero al alcance de cualquier hombre que decida maltratar y de cualquier persona que decida consumir.
El momento actual es especialmente complejo y trascendente debido a que una parte de la sociedad, gracias al feminismo y a las iniciativas desarrolladas por las mujeres, ha tomado conciencia de la injusticia que supone un modelo levantado sobre la desigualdad, y de las consecuencias negativas que produce. La transformación social a favor de la igualdad que lleva años en marcha, en lugar de ser entendida como una situación de progreso para toda la sociedad, desde las posiciones androcéntricas se presenta como un ataque al orden establecido y a los hombres y hablan de “guerra cultural”, iniciando una serie de iniciativas a nivel político, mediático y social que pretenden la “refundación del machismo” (Lorente, 2023). Es la misma situación que vivimos en 2008 cuando ante la crisis financiera mundial, el entonces presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, compareció en nombre de los países más ricos y dijo: “tenemos que refundar el capitalismo”. No hubo una crítica al sistema que dio lugar a la crisis, sólo reconocimiento de que el resultado no era bueno. Ahora ocurre lo mismo, y ante la comprobación de que la sociedad es consciente de muchas de las consecuencias del modelo cultural del machismo, en lugar de intentar transformar las referencias culturales que lo definen, lo que están haciendo es cambiar algunos de los elementos, jugar a la polarización para presentar cualquier propuesta de cambio sobre la igualdad como un ataque o una amenaza, y reivindicar los elementos históricos que nos definen como sociedad como garantes del orden y de nuestra identidad. El objetivo es el de siempre, cambiar para seguir igual cediendo lo mínimo para que el sistema no sea comprometido. Por eso la situación se hace compleja debido a todos los bulos y mentiras que se instrumentalizan desde la política y los propios medios; y es trascendente, porque si se supera esta reacción el avance hacia la igualdad será más rápido y directo.
No por casualidad se denomina “infoxicación” a toda esta situación que forma parte de la artillería machista utilizada en la “guerra cultural”. Al final es una intoxicación más que también crea dependencia en una parte de la sociedad para así evadirse de la realidad, pues son personas no quieren estar “bajo los efectos” de la igualdad.