Violencia e intervención en adicciones: un decálogo para el trabajo con los hombres
Autoría: Rafa Soto. Trabajador social, Experto en Drogodependencias y Máster en Intervención Interdisciplinar en Violencia de Género. Carlos Raya. Trabajador social y antropólogo. Especialista en género, masculinidades y acción social.
Ocuparse de la droga significa hoy más que nunca ocuparse de la familia, de la escuela, del trabajo, del tiempo libre y de la cultura, de las relaciones interpersonales y de éstas con el ambiente. Significa interesarse por el funcionamiento de las instituciones también y de la sociedad en su conjunto. Significa interesarse por otros pueblos y por otros continentes… Proyecto Hombre no es una terapia ni un método: se propone poner a la persona humana en el centro de la historia, como protagonista liberada de toda esclavitud, que quiere rehabilitarse, que busca el bien, la libertad, la justicia…
Mario Picchi (1987)
El presente artículo trata de aportar claves para entender y abordar la violencia en el contexto de las adicciones, centrándonos en la violencia de género y, más concretamente, el trabajo con los hombres. Se basa en el estudio, la experiencia profesional en adicciones y violencia, y en la colaboración con el Grupo de Trabajo de Género de la Asociación Andaluza Proyecto Hombre y la Asociación de hombres por la igualdad de género (Ahige).
Clave 1: Adicciones y violencia están relacionadas.
Estamos ante dos fenómenos muy conectados: la violencia es uno de los factores de riesgo para el inicio y mantenimiento del consumo de drogas que se expresa en todos los niveles: familia, grupo de pares, escuela, comunidad … (Becoña, 2002). Al mismo tiempo, la presencia de las drogas aumenta la prevalencia de diferentes tipos de violencia: por ejemplo, se estima que el alcohol está envuelto en más de la mitad de los delitos violentos (Miller et al, 2016).
Para evitar caer en mitos sobre el alcohol y la violencia hay que tener en cuenta que las creencias sociales sobre la influencia del alcohol en los comportamientos violentos pueden tener más relevancia que el efecto de la sustancia en sí misma (Pastor et al., 2011, a partir de Gelles y Straus, 1988).
Entre las mujeres drogodependientes la prevalencia de violencia de género sufrida en la pareja es entre 2 y 5 veces mayor que la que se encuentra entre mujeres de la población general (OMS, 2013 en Redondo y Arostegui, 2021). Y un gran porcentaje de mujeres que son víctimas de violencia desarrollan una conducta de abuso de psicofármacos (Benoit y Jauffret-Roustide, 2016).
En el caso de la violencia contra la pareja no es necesario preguntar si fue antes la gallina o el huevo: podemos asumir un modelo de la relación entre el consumo y el abuso de sustancias y la violencia contra la pareja en la que ambos fenómenos se entienden como procesos independientes que se gestan, se desarrollan y articulan paralelamente o por separado, aunque pueden tener un origen común; y, a su vez, interrelacionados, a través de factores mediadores que facilitarían el paso de una problemática a otra (Ponce, Ginés y Geldschläger, 2006)
Clave 2: Violencia y adicciones pueden (y deben) estudiarse y abordarse con enfoque de género.
En el ámbito de la prevención de las adicciones existe una conexión entre los roles de género y los factores de riesgo y de protección: por ejemplo, las chicas, tradicionalmente más educadas en el autocuidado, contarían con un factor de protección, que postergaría el inicio del consumo; mientras que la propensión a asumir riesgos asociada a la socialización masculina actuaría como factor de riesgo en relación con el consumo de sustancias (Sánchez, 2015). Además del impacto de los factores de riesgo, también es clara la influencia de la socialización diferencial basada en el género en los usos y abusos de drogas en cuanto al tipo de sustancia consumida y formas de uso (Fernández, Dema y Fontanil, 2020).
La violencia también puede explicarse con las “gafas violetas”[1] como el instrumento que sostiene el Patriarcado, el sistema de todas las opresiones que se construye y aprende en el cuerpo de las mujeres (Guzmán, 2015). Los datos estadísticos describen cómo el 82% de los delitos en general son perpetrados por varones, así como la mayor prevalencia en delitos violentos – el 88% de los homicidios, el 98% de delitos sexuales, o el 83% de los delitos de lesiones – que también tienen a los hombres como protagonistas. Los suicidios se han convertido en la causa de muerte más frecuente en las edades jóvenes, la proporción, en 2016 es de 75,84% de suicidios masculinos por 24,16% femeninos[2].
La violencia se aprende en la socialización masculina, y se expresa en una triada: la violencia contra otros hombres, contra las mujeres y contra sí mismos (Kaufman, 1999). Este encuadre integral reconoce la complejidad de la violencia, y puede ser de utilidad para las estrategias de prevención y tratamiento de las adicciones.
Clave 3: Objetivos comunes en la intervención.
Picchi en la cita que abre este artículo apunta hacia una intervención centrada en la persona como parte de una realidad social a transformar. El objetivo común por tanto no sería negativo – dejar las drogas, no ejercer violencia, … – sino desarrollarse y construir una sociedad en la que la vida, como persigue el ecofeminismo[3], sea una Vida que merece ser vivida.
Sin embargo, en lo concreto conviene aclarar que en el abordaje de la violencia de género la prioridad es la seguridad de las mujeres (Geldschläger, 2010).
De forma transversal se trata igualmente de confrontar la adicción y violencia como problemáticas que revelan la masculinidad como factor de riesgo (De Keijzer, 1997; Kaufman, 1999; Berbegal, 2009; y Blanco, 2012). Teniendo esto en cuenta, el horizonte es la deconstrucción de los procesos de socialización de los hombres, que no sólo potenciaría relaciones más igualitarias con las mujeres y entre los hombres, sino que los aliviarían de los costos que les oprimen. Como afirma Kaufman (1995), “el patriarcado no es sólo un problema para las mujeres”.
Clave 4: Intervenir la violencia en el contexto de las adicciones, una oportunidad.
Centrándonos en la intervención con hombres, el contexto de las adicciones es una gran oportunidad de trabajar la violencia. De hecho, lo serían todas las crisis “masculinas” – desempleo, sinhogarismo, separación, etc. – que cuestionan la autoimagen de “superman” inoculada a los hombres en la educación.
Además de trabajar con hombres que ejercen casos graves de violencia, los centros de adicciones pueden ser espacios de sensibilización sobre la violencia asociada a la condición masculina. Una sensibilización integral que entienda la violencia como un problema social – a menudo tolerado y hasta negado – que ha de ser abordado de forma comunitaria y coordinada. Desde ahí, es posible acompañar a los hombres en la toma de conciencia de su responsabilidad ante la problemática y facilitar la detección y abordaje, no sólo de los casos individuales, sino también de las posiciones pasivas y cómplices que las respaldan.
Clave 5: Trabajar la violencia recibida.
La intervención en adicciones a menudo pasa por la revisión de experiencias vitales previas. Igualmente, las experiencias del pasado de los hombres están entre los fundamentos de la violencia ejercida (Kaufman, 1999). Entre estas experiencias se cuentan las vivencias de violencia sufrida en primera persona o como testigo.
Todos los hombres han sido niños, y alguna vez fueron los débiles y los mal-tratados. La violencia se sufre, se aprende y en muchos casos se ejerce para salir de una situación de violencia. Se experimenta como un recurso valioso y se puede llegar a instalar en el comportamiento para evitar ser de nuevo una víctima.
Abordar la violencia recibida facilita, además, la empatía con las víctimas mujeres y niños/as, y entender que el costo del cambio – en términos de pérdida de privilegios – merece la pena.
La tarea educativa en este escenario implica ampliar el mapa vital con nuevas creencias y valores; y la autoeficacia con nuevas herramientas y habilidades. Desde ahí, es posible romper el dilema víctima–victimario que se aprendió y conformar un tercer rol alternativo, el de agente de cambio que se compromete – en lo macro y lo micro – con la equidad y la paz.
Clave 6: La motivación: malestar + autoestima (real).
La clave 4 refiere las crisis masculinas como oportunidad para el cambio. Pero el malestar no es suficiente, tiene que completarse con una autoestima real: sólo quien cree que puede hacerlo da un paso para salir del malestar.
Los hombres a menudo han aprendido una falsa autoestima que vincula la valía personal al ejercicio del poder y al cumplimiento de los mandatos de la socialización masculina: ser fuerte, exigir y no pedir, tener éxito y dinero, esconder las emociones tiernas, ser un conquistador, controlar, …
Por ello, ser “un hombre de verdad”[4] es un obstáculo para salir de las adicciones y la violencia y se hace imprescindible el trabajo sobre masculinidades alternativas o igualitarias en los centros de adicciones para aportar nuevos referentes más humanos y sostenibles. Aunque aún es una tarea a integrar, en algunos centros ya se está trabajando en esta línea.
Clave 8: La violencia sexualizada[5]
Adicciones y violencia también se mezclan e interactúan cuando interviene el sexo.
La actual ola feminista que, por fin, está poniendo sobre la mesa la realidad de la violencia de contenido sexual contra las mujeres urge a las entidades que trabajan con hombres a afrontar esta cuestión.
Como plantea Ana de Miguel (de Miguel Álvarez, 2020) “si hay sexo de por medio, cualquier violencia está legitimada”. La violencia sexualizada está en todos los ámbitos, desde los espacios de ocio y trabajo hasta la pareja, y se aprende en dos “escuelas”: en una pornografía cada vez más accesible y violenta que está suplantando a una educación sexual adecuada (Paul, 2007)[6]; y en la prostitución, donde se banaliza la trata y explotación de las mujeres.
La clave 5 señalaba la transcendencia de abordar la violencia recibida. Dentro de esto, también es necesario abordar los abusos sexuales sufridos teniendo en cuenta los obstáculos para la revelación que hay que salvar. (VV. AA, 2018)
Clave 9: Las TRICS
No se puede hablar ya de casi nada sin tener en cuenta el escenario social que configura el desarrollo de las tecnologías: acceso inmediato a la pornografía, aplicaciones para controlar a través del móvil, ciberacoso, pornovenganza, manipulación a través del Internet de la cosas (IoT), violación en el metaverso, …
El mundo virtual amplifica y diversifica la violencia del mundo físico. Además, la manosfera[7] es una fuente de adoctrinamiento machista muy accesible que está generando que el negacionismo de la violencia y el victimismo machista se extienda. (García-Mingo, E. & Díaz Fernández, S., 2022).
Clave 10: Interseccionalidad y diversidad
De la misma forma que las mujeres han sido invisibles por la infrarrepresentación, la diversidad de los hombres ha estado oculta tras la máscara de la universalidad (Robinson, 2000, en Armengol, 2006). El modelo hegemónico de masculinidad se sostiene con la violencia que excluye a la “inmensa minoría” de gays, pobres, chinos, enfermos, negros, extranjeros, trans, niños, gordos, ancianos, veganos, payasos, locos, etc, … Esta diversidad que debe estar presente enriqueciendo los espacios y equipos profesionales como una alternativa real a la violencia.
Clave 11: Aún hay más
En este decálogo podemos sugerir otros aspectos en los que profundizar: la necesidad de escuchar la voz de las mujeres en relación con la violencia; el trabajo desde contenidos formulados en positivo con nuevos referentes; la integralidad que aporta el modelo biopsicosocial en adicciones y violencia: la importancia de la metodología que se base en la vivencia corporal y la experiencia emocional; la intervención en red con entidades públicas y sociales considerando las buenas prácticas existentes; la incidencia en las políticas y la investigación, etc.
[1] Ponerse las gafas violeta: es una metáfora utilizada por Gemma Lienas en su libro “El diario violeta de Carlota” (2001). Se refiere coloquialmente a utilizar el enfoque feminista y de género para observar y entender el mundo, y así advertir las realidades de injusticia cotidianas que antes parecían normales o incuestionables.
[2] Datos del INE adaptados por Marina Subirats en su artículo Las raíces de la violencia masculina, en https://www.academia.edu/36812585/Las_ra%C3%ADces_de_la_violencia_masculina
[3] El ecofeminismo es una corriente de pensamiento y un movimiento social que defiende que el encuentro entre los movimientos ecologista y feminista ofrece la posibilidad de repensar y reconstruir unas relaciones entre las personas y con la naturaleza que no pongan en riesgo las bases materiales que sostienen la vida humana (Herrero, Y., 2015).
[4]Badinter (1993) señala que la identidad masculina tradicional se sustenta en una triple negación: no ser niño, no ser mujer y no ser homosexual, lo cual implica una tremenda limitación en la autoeficacia al tener vetado todo lo que se considera infantil, femenino o está más allá de lo heteronormativo.
[5] Violencia sexualizada refiere que el sexo es un medio para el abuso de poder que elige quien emplea la violencia.
[6] Paul, P. (2007). Pornified: How pornography is transforming our lives, our relationships, and our families. Macmillan.
[7] La manosfera ha sido definida como un conglomerado de espacios virtuales heterogéneos que dan cabida a una multitud de movimientos masculinistas basados en la propagación de discursos misóginos y antifeministas (Ging y Siapera, 2018, en García-Mingo, E. & Díaz Fernández, S. (2022).