Adolescentes y uso de la pornografía
Autoría: José Antonio Luengo, Catedrático de Enseñanza Secundaria, en la especialidad de Orientación Educativa. Licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid. Psicólogo Sanitario y experto en Psicología Educativa, Atención Temprana y en Intervención en centros educativos problemáticos.

Nuestra sociedad, al menos la occidental que nos acoge y en la que habitamos, vive una era de hipersexualización. Que afecta a todos y todas. Adultos, por supuesto, pero también a los niños, niñas y adolescentes; en relación a estos últimos, hacemos referencia especialmente a la adquisición y desarrollo de comportamientos sexualizados en edades absolutamente inadecuadas y filtradas por toda una suerte de manejos y objetivos puramente comerciales y de negocio ominoso. Y con efectos indeseables y especialmente preocupantes.
En muchos casos, sin exagerar, puede suponer una profunda anomalía en el proceso de desarrollo de la infancia, incluso el fin de la infancia; la erotización y el juego sexual (especialmente en las niñas), el bombardeo incesante de ejemplos a seguir y que actúan por presión incesante hacia modos de estar y ser en la vida sensiblemente alejados de los intereses y actividades propios de estas edades.
En este contexto, que representa un caldo de cultivo sumamente nutritivo para el acceso a contenidos de contenido sexual explícito e incontrolado absolutamente adecuado a las edades que son de referencia, surgió hace muy poco una nueva pregunta. Muy fácil de contestar con evidencia empírica. ¿Ven pornografía los niños, niñas y adolescentes en sus dispositivos digitales? Mucho. Y lo ven cada vez desde más corta edad. Varias investigaciones han dado ya la alerta.
De especial interés, la investigación titulada «Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales», presentada en 2019 por la Universitat de les Illes Balears y la red Jóvenes e Inclusión así parecía atestiguarlo. Y documentarlo. El estudio se construía a partir de las entrevistas realizadas a casi 2.500 jóvenes de entre 16 y 29 años, en su mayoría heterosexuales (76,7 %) de siete comunidades autónomas y tenía como objetivo esencial dar evidencia científica a no pocas hipótesis sobre juventud y pornografía publicadas en los últimos quince años.
¿Ven pornografía los niños, niñas y adolescentes en sus dispositivos digitales? Mucho. Y lo ven cada vez desde más corta edad
El referido informe nos marca seis políticas de acción especialmente relevantes: Investigación, educación afectivo-sexual (desarrollar la capacidad de análisis crítico entre jóvenes y adolescentes con respecto a la pornografía y evaluar la eficacia de los programas en curso), trabajo con las familias y centros educativos, relaciones interpersonales (llevar a cabo actividades de reflexión y concienciación del papel de la pornografía en sus vidas y sus relaciones, incluso desde el ocio y tiempo libre), empoderamiento social y servicios de apoyo adecuados (generar conciencia crítica), y control legal (investigar el acceso legal de menores a la pornografía y reducir el acceso especialmente a prácticas de violencia y de riesgo).
Casi 7 de cada 10 adolescentes consumen pornografía, a la que acceden por primera vez a los 12 años. Así de contundente. Así de claro. Así de inquietante y perturbador. Esta afirmación inicial podría ser el titular de una realidad, analizada y estudiada, como siempre, con el rigor científico adecuado por Save the Children.
Así lo revelaba el informe “(Des)información sexual: pornografía y adolescencia¨(2020) elaborado por la citada Organización para estudiar el consumo de contenidos sexuales entre la población adolescente y su impacto en sus relaciones y su desarrollo. Un informe de obligada lectura y reflexión. El contenido del estudio de Save the Children viene acompañado de otros dos materiales excelentes: (1) “Testimonios sobre el consumo de pornografía” y, (2), una Guía de sensibilización para familias, de muy útil contenido para padres, madres y profesorado.
En 2022, se ha publicado el Estudio sobre pornografía en las Illes Balears: acceso e impacto sobre la adolescencia, derecho internacional y nacional aplicable y soluciones tecnológicas de control y bloqueo, una investigación realizada a partir de las consultas realizadas a 2592 personas que se encuentran a cargo de un adolescente de edad comprendida entre 11 y 18 años que se encuentra estudiando en un centro educativo de las Illes Balears.
Una “nueva pornografía” se encuentra, sin duda, en la base la creación de modelos inquietantes de comportamiento afectivo-sexual, de las propias relaciones de pareja y del incremento de prácticas sexuales de riesgo: sexo sin preservativo, con diversas parejas, en grupo, con presencia de violencia, etc. En mentes en pleno proceso de maduración sobre la interpretación y sentido de las relaciones afectivas y sexuales, el consumo de pornografía puede generar confusión en cuanto a roles a asumir, ideas erróneas sobre el funcionamiento sexual, propensión a la imitación del tipo de prácticas observadas…
En los contenidos pornográficos habituales los roles de hombres y mujeres están anclados en la desigualdad invalidante, la violencia, la humillación, las vejaciones, el machismo lacerante, la distorsión de las experiencias, la idealización de cánones estéticos, formas, cuerpos, tamaños, experiencias… Y, por supuesto, la normalización de conductas de riesgo. Podemos seguir mirando hacia otro lado. Pero nos equivocaremos. Como nos hemos equivocado de manera flagrante en la consideración de la necesidad de la educación afectivo sexual de nuestros niños, niñas y adolescentes. Los efectos de este consumo (tan evidente para cualquiera que se atreva y sea capaz de aguantar la mirada a la evidencia de los datos y la investigación) llevan ya algunos años dejando girones de piel de profundo y dramático impacto en las relaciones interpersonales entre chicos y chicas cuando ronda, crece y se expande la necesidad fisiológica y psicológica por descubrir las claves de esa desazón que mueve y conmueve su mente, su alma. Y su cuerpo, claro.
¿Qué respuesta dar? ¿Mirar hacia otro lado? ¿Escondernos? ¿Ojos que no ven, corazón que no siente? ¿Derivar la responsabilidad a otros? Más bien al contrario. La respuesta supone implicación y compromiso. Información y formación también, por supuesto. Pero mirar de frente el reto. Adultos conversando sobre el fenómeno con los adolescentes. No hay otra vía. Con respeto, afecto, responsabilidad, atención, escucha y criterio.
No contamos con muchos recursos, pero algunos hay. Y suficientes para empezar a actuar. Padres y profesores hemos de implicarnos. Se trata, sin duda, de un tema complejo, marcado por los miedos y la inquietud por abrir la caja de Pandora. Pero supone un reto obligado. Si queremos introducirnos en claves de la educación sexual que hoy son imprescindibles, e incuestionables. Pero, ¿cómo hacerlo?
¿Lo hacemos nosotros, los adultos? ¿Aun con dudas y temores? ¿O preferimos que se informen sin más en los turbios e inquietantes contenidos de la red? Este es el contexto. Tenemos que actuar. Y existen muchas fórmulas, adaptadas, sin duda a valores, singularidades, modos de ver la vida y la sexualidad. Pero no parece razonable permanecer aislados de esta realidad.
Recientemente, (2023), la Universidad Internacional de la Rioja y el Colegio oficial de la Psicología de Madrid han presentado “Adolescentes y uso de pornografía: Guía para familias”, un documento que pretende ayudar a entender este fenómeno y facilitará a las familias estrategias de prevención y de ayuda para orientar a sus hijos e hijas en una educación afectivo-sexual sana.
7 de cada 10 adolescentes consumen pornografía, a la que acceden por primera vez a los 12 años
Aprender a interpretar el contexto en el que nos desenvolvemos no es una experiencia sencilla. Y tampoco lo es, sin duda, contribuir a hacerlo de manera adecuada. No sin errores ni caídas, por supuesto. Pero en el contexto de un desarrollo saludable y respetuoso. La Guía que presentamos pretende colaborar con las familias en el difícil proceso que padres y madres exploramos y transitamos cada día cuando pensamos en nuestros hijos e hijas. Cuando les explicamos, les contamos, les damos nuestra opinión. También cuando mostramos nuestro desacuerdo con sus cosas, sus conductas, lo que piensan, hacen o dice. Y, por supuesto, cuando intentamos abrirles vías de lectura e interpretación de lo que supone vivir. Y vivir con otros. Siempre desde el respeto y el cuidado.